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Sacerdotisas de la diosa Ysi

Ysi de vacaciones en la playa

Cuentan la mitología romana, mi madre y la Wikipedia que la diosa Ysi era mitad mujer, mitad motocicleta, y que su poder divino y protección se extendían por todo viaje largo, mudanza y demás traslados interurbanos. Era representada icónicamente portando un gran maletón en el sidecar donde cabía desde una sortija de mercadillo hasta una Thermomix con su recipiente Varoma y docena y media de tomates pera. Junto a Necéser, formó la Diada Vacacionista, llegando a su máximo esplendor cuando los romanos ampliaron su vasto imperio y comenzaron a sentir la necesidad de turistear y salir por ahí de fin de semana; en ese momento Ysi se convirtió en la deidad más demandada del top ten de la lista. Su influencia llega hasta nuestros días, dotando a la madre moderna de un sustentáculo y un amparo dignos de las mejores estampitas y los más ajustados corsés.

Para comprobarlo no hay más que perseguir a una de ellas durante las veinticuatro horas que preceden a su traslado de vacaciones. Basta posarse sobre su hombro y observar sus oraciones, plegarias y pensamientos según va metiendo enseres del todo inútiles en los baúles. Una buena madre moderna, sumisa sacerdotisa de Ysi, siempre alzará una prenda por mano hasta colocarlas en línea con la horizontal de sus ojos y se preguntará…

¿Ysi llueve?

¿Ysi lo necesito durante el viaje?

¿Ysi un día quiero vestirme entera de naranja?

¿Ysi en la playa siento la irrefrenable necesidad de estrenar estas sandalias de hace tres temporadas a las que todavía no he quitado la etiqueta?

A medida que esta madre recorre habitaciones poseída por una furia desconocida que le hace guardar en las alforjas todo lo que encuentra a su paso, desde cojines a un paragüero, pasando por manteles de tergal, un diccionario indostánico, la colección de cine mudo y su vestido de boda, el decorado cambiará, pero no las preguntas…

¿Ysi allí no hay naranjas de zumo?

¿Ysi siento ganas de comer grosellas?

¿Ysi Lasniñas se me descoyuntan contra la arena y necesito unos guantes estériles, gasas, penicilina y una venda de suspensión cardiotorácica?

Durante horas y horas el volumen de cada maleta crecerá de tal manera que, ahíta de todo, alguna vomitará seguro. Después de que alguien se suba sobre cada una de ellas hasta conseguir cerrarlas, en un ejercicio de violencia y violación flagrante de derechos turísticos, contorsionando sus pobres cuerpos a la fuerza para que se adapten al contenido, seis grandes tótems esperarán por fin en la entrada y un silencio cobarde reinará en la casa hasta la mañana siguiente.

Cuando la figura masculina de la unidad familiar despierte y vea aquello que no quiso ver horas atrás, mirará incrédulo el espectáculo y alzará su ira a los cielos mientras busca consuelo en sus propios semidioses, los Queconios, unos seres ratoneros, renegríos y malencarados que gustan de poner trabas y dar el tostón a la voz de…

¿Queconio quieres que haga con tanta maleta y tan poco espacio en el maletero?

¿Queconio es eso que llevas ahí…un costurero? ¿en serio?

¿Queconio vas a hacer con un costurero en mitad de una playa con 40 grados de media?

Si la diosa Ysi te es propicia y finalmente necesitas algo de lo transportado durante tus vacaciones, eso te dará tres grados más en la carrera de madre perfecta y ya no habrá quien te tosa en el próximo traslado. Si como suele suceder, los dioses miran para otro lado, dejándonos con el culo al aire, y ese costurero con doble fondo y cajones aerodinámicos no termina de salir de la maleta en todo el verano, date por jodida, con perdón, porque nadie encontrará sentido a tu sacerdocio. ¡Queconio, ni siquiera tú!

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