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No es país para niños

Los niños pequeños están bien, sí, ¿no? son cucos, proporcionaditos, simpaticotes, con esas barriguitas hinchadas y esos andares como de pingüino con miembros descompensados, sus bigotes con leche, su lengua de trapo; en definitiva oye, que molan, siempre y cuando, eso sí, no se los vea mucho en público ni hagan apariciones estelares en el siempre recto y apresurado universo adulto.

Entonces no, ya no molan.

La que suscribe y sus dos retoños bien educaos tuvieron a bien saltarse la norma hace unos días y colarse intrépidos en un concesionario de coches la mar de cool una calurosa mañana de verano. Estoy convencida de que si hubieran entrado por la puerta cinco suecas desnudas, dos de ellas a gatas, el grado de pasmo en el personal circundante no habría sido mayor. La gente nos seguía con miradas expectantes, como quien observa una bomba a punto de estallar sin lograr decidirse entre cortar el cablecito azul o taparse la cabeza, echar a correr y, oye, quesealoquediosquiera.

Quizá si el siempre excelso Sr. Perito hubiese acudido antes a la cita y no nos hubiera hecho esperar hora y media de vellón, dando forma con el culo a los sillones, mis amorosas criaturas no habrían tenido la oportunidad ni el descaro de romper el silencio imperante en aquella inmaculada sala de espera. Porque está claro que pegar, lo que se dice pegar, allí no pegábamos nada. Entre taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas Laniñas aparecieron en pantalón corto y chanclas, con un muñeco en los brazos cada una y unas ganas inmensas de descubrir algo, fuera lo que fuese.

Cuando el recepcionista me dijo que el perito no había llegado y debíamos esperar, lo hizo con una cara de pena bien ensayada, preguntándose si abandonar a su suerte en aquella jungla de cristal a una madre con dos hijas era ético o incluso constitucional.

– No se preocupe usted que estaremos bien – le dije sonriente y muy digna – hasta las 14h. no comen y supongo que saldremos antes de aquí.

No me contestó. Quizá no le hizo gracia. Instantes después entró en el despacho de un señor con cara de jefe para cuchichearle cómplice lo acontecido. El jefe nos miró con cara de pollo circunspecto y mis hijas le agradecieron la atención prestada con un par de vueltas estilo Bisbal. Al unísono. Imagino que tras esa escena, hordas de oficinistas taquicárdicos tratarían de localizar al excelso Sr. Perito con más ahínco que al chorrito claro de la eterna juventud.

Y mientras, nosotras esperábamos pacientes. La primera media hora conseguí tenerlas sentadas a mi vera prometiéndoles todo tipo de tesoros azucarados al llegar a casa. Cuando las promesas resultaron inútiles, saqué los gusanitos. Entonces el recepcionista volvió a panicar, supongo que ante la perspectiva de que los taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas tuvieran que enfrentarse a ese universo ignoto de ocio infantil que vive paralelo a su estrés.

Un señor de impoluto traje gris se acercó a Lamayor con paso lento y mirada de antropólogo en actitud de “Oh, mira, una niña”. Me pregunto cuánto tiempo haría que no veía un especímen de cerca. Con torpes movimientos intentó jugar con ella acercándole un par de posavasos y haciendo chasquidos con la lengua, como los que el resto de los mortales utilizamos para manifestar fastidio, pero con marcada finalidad de entretener. Desconcertada, Lamayor me miró para saber qué debía hacer pero no supe qué contestarle. Antes de que estallara el drama y alguna se levantara la camiseta para enseñar el ombligo, las llevé a dar una vuelta por las instalaciones y los empleados del concesionario cool volvieron a sentir cierta rigidez cervical. “Se mueven, Tango1”, oí que uno de ellos decía acercándose el reloj a la boca, mientras se tapaba con disimulo la oreja contraria “¿Hacia dónde?” contestó una voz entrecortada por el susto. “Las tengo a mis seis” susurró un señor bajito que nos observaba agazapado tras una papelera. “No las pierdas, Tango3”, zanjó el de la gabardina, que con este calor, ya me dirás tú qué necesidad había de disfrazarse…

Si llego a saber que todas las cámaras de seguridad del recinto iban a apuntar hacia nosotras habría ido algo más mona vestida, la verdad. Para subsanarlo saqué disimuladamente el colorete del bolso y me di algo de rubor en las mejillas. Nunca se sabe quién puede estar ahí fuera y una aún está en edad de ser descubierta para la gran pantalla.

Cuando el excelso Sr. Perito llegó y solucionamos en seis minutos treinta y dos segundos mi cambio a otra compañía de seguros, la paz volvió a reinar en Adultoland. Los camuflados se quitaron entonces los cascos y los pinganillos de transmisión entre vítores, aplausos y abrazos de emoción y los técnicos lanzaron sus gorrillas al aire como signo de manifiesta alegría. Pero no contaban con mi vis maligna. Antes de abandonar el concesionario cool señalé a Lapequeña un tremendo ficus de dos cuerpos que adornaba la entrada con los brazos en jarras como un matón de discoteca.

Está llena de tierra, cariño – le dije con gesto pícaro señalándole la maceta – y es toda tuya.

…¿Yo? Antes muerta que defraudar…

 

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