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Parecidos razonables

Mucho antes de contarle los dedos a un niño o achucharle hasta asfixiarle con nuestra peste a colonia, una fuerza interna nos empuja a buscarle parecido físico. Aunque el pobre apenas lleve unos días en el mundo, o en el vecindario, escrutaremos sus rasgos faciales con lupa hasta sacar una conclusión, dar un codazo al de al lado y con el monedero bajo el sobaco y cierto parpadeo ocular, musitar “Es clavadito a su padre”.

Da igual que el padre en cuestión sea un dios griego y su hijo un huevo duro, o viceversa, un escrutador bienintencionado siempre encontrará parecidos que los vinculen. A los malintencionados ni los menciono, que por defecto tienden a caerme mal.

Si el nexo es obvio y toda la camada tiene las mismas orejas puntiagudas de su padre, no habrá problema, porque ello salvaguardará la hombría de él y la honestidad de ella, pero ¿qué pasa si las criaturas apenas comparten con su progenitor los rasgos que los definen como humanos? Ahí comienzan los nervios.

Si ante la pregunta ¿Y de dónde ha sacado esta niña esos ojazos azules? tú respondes “No sé, así lo quiso el Sr. Mendel”, tratando de ampararte en las arbitrarias leyes de la genética, estás muerta, todos pensarán que el tal Mendel es un austrohúngaro al que te tiraste en tu último viaje de trabajo y eso echará por tierra tu reputación. Y sembrará dudas. La madre siempre cuestionada, siempre inspeccionada.

Para protegerla de la lapidación social, las dudas y los rumores, la naturaleza más primitiva se buscó ciertas artimañas. No tengo informe que me ampare pero se dice que los bebés se parecen sobremanera al padre durante sus primeros días de vida para que éste no los rechace por no reconocerlos como propios. Eso sería útil hace una cantidad ingente de años para evitar que el padre los despeñara o se los comiera asados en una caverna, pero ahora sirve más bien de poco. A medida que el niño crezca y adquiera su propia forma, conservando de su padre apenas una breve semejanza en la forma de las muelas, las dudas volverán a aparecer.

Y no me refiero a la duda metódica, como algo global que define un pensamiento, me refiero a la duda puñetera que ves sobrevolando las canas de tu suegro o a la cara de rancia de la tía Paulina que inspecciona estructuras óseas con precisión de CSI cada Nochebuena, para asegurarse de que a quien deja la herencia también sufrirá algún día cierta atrofia, como ella. Entran en este saco del mismo modo las pseudo bromas de amigos de escasa gracia cuando meten en la ecuación la visita fortuita del señor del gas para justificar una peca.

Madres mías, hasta que la sanidad pública no acompañe la prueba del talón con un análisis de paternidad neonatal siempre estaremos en tela de juicio. Y eso cansa. Que una cosa es engañar consciente a tu marido al afirmar que cuando le conociste ya gruñías y otra muy diferente tratar de colarle un hijo. Que eso está feo, hombre…

Señor del gas

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