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Cosas D’Ambulatorio

Con el inicio del curso y la convergencia en una misma estancia de diversos miniseres escolares, con mocos y estafilococos también diversos, se inicia una divertida etapa de enfermedades múltiples y ataques bacteriológicos, digna de Armageddon o peli americana con similar gusto por la catástrofe.

En los últimos días, Lapequeña, neófita en esto del traspaso de mocos y babas a extraños, se ha hecho merecedora de dos gordos galardones, a saber: “Al virus rapidillo”, que presto atacó el segundo día de guardería y “Al virus sibilino” que llegó con sus vomitonas y sin que nadie lo esperara, una noche de jueves a las tres de la mañana.

Lamayor, más curtida en los quehaceres de los ataques virales, no ha contraído aún ningún amigovirus nuevo, o al menos no le ha gustado ninguno lo suficiente como para traerlo a casa y presentarle a sus padres; eso sí, ha adquirido con amor de hermana todos los que Lapequeña traía al hogar y además ha generado por sí misma una alergia medicamentosa, para no ser menos y para que nadie dude de que además de aceptar bichos ajenos, puede generar sus propios males. Faltaría.

Sea como fuere, con ésta que acabo de superar cum laude, son cuatro las tardes que he pasado en urgencias en las últimas semanas. Echando el rato allí, oye, tan pichi. Es tal el vicio que tengo que sopeso seriamente quedarme a dormir en la sala de extracciones, provista como está de camas mullidas y sándwiches de jamón y queso para dar y tomar. Como temo que me lo impidan, y el aparcamiento está fatal por esos lares, me he hecho una nota manuscrita para poner en el cristal cada vez que dejo el coche digamos de forma tirando a ilegal. “Estoy en urgencias” reza el papelín, como si este texto tuviera el poder mágico de salvaguardarme de multas y broncas por parte de la autoridad competente, llegado el caso.

Aunque la señorita de admisión me pide la tarjeta cada vez que llego, es un mero formalismo que mantenemos sólo por guardar las formas. Ambas sabemos que ella conoce al dedillo mi nombre completo, el de mis hijas, el de mi familia de Murcia, mi color favorito, mi postura para dormir y mi contraseña del ordenador. Pase y espere en la salita. En breve les llamaremos. Y entonces yo le guiño un ojo para que sepa que entiendo su fingida frialdad y reafirmar así que estamos en la misma onda.

Paso a la salita y saludo a los allí presentes. Hombre, Jaime, ¿otra vez varicela?. Huy, qué mayor estás MariLuz, has dado un estirón desde el jueves.  Carmen, Lamadre rubia y espigada, era hoy la encargada de traer los bollos, pero se le ha olvidado, así que alguien va a la máquina y saca unas Lays. Con esto y un par de zumos del Mercadona, ya tenemos merendola. Tentada estoy de sacar del maletero unas Mahous, pero me reprimo sólo por el qué dirán.

Me atienden rápido, palpan, pinchan, recetan y me voy por donde he venido, cargando sobre el hombro izquierdo una niña dolorida y agotada de llorar y soportar cuarenta de fiebre, y sobre el derecho, tres barbies y una marioneta de calcetín que me traje para entretenerla durante la espera.

Camino de casa, y tras golpearme en la frente con la palma abierta para dramatizar más la situación, caigo en la cuenta de que no le he pedido a Lamadre de rojo su email y no le voy a poder pasar ese enlace tan gracioso del mono borracho. Es tal el nivel de afinidad emocional que se alcanza con los demás padres que una se siente sola cuando vuelve a casa y piensa que quizá nuestros virus no vuelvan a coincidir.  Afortunadamente, la Providencia se encarga siempre de dar nuevas oportunidades en esta vida y cuando llego a casa me encuentro a “Laotrahija” con los mismos síntomas de su hermana. Suelto a una en el sofá, cojo a la otra y corro presta a ver si aún no han terminado la partida de mus en la salita y me da tiempo de envidar a alguien.

– Otra vez por aquí – oigo que alguien dice tras mi oreja izquierda – Oye, a ver si vas a tener que pagar alquiler. Risita absurda como colofón a un ingenioso chascarrillo de ambulatorio.

– Huy, qué va, jajaja – contesto yo con la risa fingida más natural que encuentro. A ver si te voy a dar una patada en los morros y la próxima en ingresar vas a ser tú. Pero eso sólo lo pienso, no lo digo, por eso no he puesto guión y lo he escrito así, todo seguido.

Por abusona, repetitiva y ansiosa, me confinan al último puesto de la lista de espera, obligándome a socializar de nuevo con el resto de padres.

– ¿Y la tuya cuánta fiebre tiene? – pregunta el típico padre competitivo.

– Setenta y dos – contesto yo para atajar toda enumeración de síntomas que sólo persiguen ver quién tiene el hijo más enfermo.

Misteriosamente a mi hija se le pasan todos los males de forma fulminante y me sugiere con empujones que en vez de penar y sudar sobre mi pecho, prefiere bajar al suelo para jugar a hacer la croqueta con un niño disfrazado de Superman que se ha tragado un puñao de minas de colores y cuando vomita dibuja la bandera gay.  Me resisto en un principio, no vaya a venir el señor doctor y nos pille a todos en actitud festivalera; pero el amor de madre me puede y finalmente accedo, es más, acompaño sus juegos con palmitas e incluso me arranco con alguna canción. Acto seguido llega el señor doctor con una duda circunvalándole el gorrillo verde… Usté no tenía nada mejor que hacer esta tarde y por eso ha venido a hacernos perder el tiempo a los profesionales del sector, ¿verdad?. Eso lo piensa, pero no lo dice. Gentilmente, me acompaña hasta la consulta mientras yo exagero a más no poder los síntomas de mi hija para que el señor doctor vea que la enfermedad además de real, es seria, y que si he venido ha sido porque es urgente. Adicionalmente le enumero y cuento anécdotas de todos mis amigos de Facebook para que vea que sí tengo vida propia, y a raudales, además.

Su juicio clínico podría haberlo dado yo, desde el cariño lo digo. Es un virus. Antitérmicos, mucha agua y reposo. Perfecto. Si sustituyes los antitérmicos por antidepresivos y el agua por sangría, es justo lo que yo necesito en este momento.

Cuando llego a casa me tiro como un fardo sobre el sofá mientras exclamo esa frase tan de madre ¡Es la primera vez que me siento en tol día!. De repente recuerdo que hay vida humana fuera del ambulatorio y corro a por el móvil. Seis guasaps, dos llamadas perdidas, tres mensajes, doce emails, dos peticiones de socorro inmediato, un concurso que me ofrece un sueldo para toda la vida si termino con éxito un trabalenguas y los dos consabidos huevos duros. ¿Por qué será que las crisis me pillan siempre mirando hacia el otro lado?

Me angustio y temo el desmayo, porque soy de rápido hiperventilar, pero me contengo porque yo a urgencias hoy no vuelvo, así te lo digo, que como siga a este ritmo me van a tomar por el Mocito Feliz de toda la sanidad madrileña…

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