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Entre tres amores

 

¿Cómo era la copla?

 

Yo tengo entre dos amores

mi corazón repartío

Si me encuentro a uno llorando

es que el otro lo ha ofendío…

Ole, ole,

Triquitraun…

 Pues así es mi vida básicamente.

Ayer tarde, al acostar a Lapequeña para dormir la siesta, seguí a rajatabla el manual del perfecto dormidor, música suave, incienso, velitas… Terminé justo a tiempo de recoger a Lamayor del cole y presta la metí en mi cama. Cuando me disponía a repetir el proceso entró Lapequeña furibunda en mi habitación y me pilló en la cama con su hermana.

– Cariño, no es lo que parece – dije yo compungida

– ¡Traidora! ¡Promiscua! ¡Malamadre! … Todo eso y más me dijeron sus ojos. Luego me tiró el chupete con saña y se fue dando un portazo.

Perfecto, otro día que fracaso en mi labor de equilibrismo amoroso.

Cuando te quedas embarazada del segundo hijo mil dudas te circunvalan el cráneo a modo de dolorosa corona de espinas ¿Le querré tanto como al primero? ¿De verdad es eso posible? ¿Tendré dentro una máquina de fabricar amor como masa de churros con la que podré abastecer a uno sin perjuicio del otro?

Pero qué idiota.

¡Pues claro!

Es cierto que al principio la prudencia te hace no manifestar el amor que te brota a chorros por respeto al primogénito, como cuando tu exnovio te pilla en una discoteca agarrada al cuello de un chulazo de cuerpo atlético y tú te agachas disimulona para abrocharte la zapatilla. Pero luego la naturaleza sigue su curso y repartes besos, mimos y pedorretas en la barriga de forma ecuánime entre los dos, intentando equilibrar fuerzas para que ninguno de tus vástagos se te ponga mustio. Refiriéndose esta última frase a tus hijos, no a los chulazos, ojo.

Lo difícil viene después, cuando la etapa bebé pasa y ambos miniseres reclaman amor por igual. Entonces se abre un periodo de estreses varios donde te debes calzar a diario los rockies de árbitro colegiado si no quieres salir a crisis gorda por día. Y raras veces se consigue, porque tener hijos múltiples en casa conlleva una cintura y un don de gentes que en ocasiones no tenemos. ¿Cómo hacer para no beneficiar a uno a costa del otro? ¿Qué hago si tomar partido es mucho más doloroso que meter la cabeza bajo el cojín y fingir que esos lloros no van conmigo?

Hay teorías que defienden la no intervención frente a otras que postulan la decisión salomónica y otras que se inclinan por huir de casa. Todas ellas tienen sus pros y sus contras así que yo, ratona de mí, procuro ir entremezclándolas todas aun a riesgo de tener que respirar en una bolsa varias veces al día.

…Que a una la he regañado dos veces esta mañana… pues ahora regaño a la otra, que algo habrá hecho seguro. Que tú llevas tres días sin postre… pues que sean cuatro que tampoco pasa nada. Qué llevas media hora en el rincón de pensar… pues, hala, te mando a tu hermana para que penséis en compañía. Y así, repartiendo capones y privilegios como buenamente sé, se me pasan los días.

Pero eso no es todo, amigos, porque cuando termina la jornada, ahíta de lloros y división de atenciones, aparece la figura paterna con ojitos de “¿Y yo qué? ¿Es que para mí no hay ná?”  Y entonces una se crece, se arremolina el bajo de la falda a la cadera y le canta aquello de…

Ven tú a mis brazos, moreno bonito

que si algo aprendí siendo madre

es que el amor de una mujer

normalmente tiende a infinito.

Y luego, mientras te recolocas la falda y vuelves a prenderte el clavel del pelo te da por pensar ¿…y a mí quién me mima, copón?

 

 

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