Tag Archives: cabreo

Síndrome feo ataca a Madre

20061227173446-grito.gif

Una mañana te levantas como revuelta, tensión abdominal, dolor doloroso, mala leche generalizada… Como puedes arrancas a andar, pensando que no quieres estar aquí pero tampoco te apetece estar en ningún otro lado. Los sonidos te molestan, la luz te molesta, tú misma te molestas. Miras las paredes de tu habitación y te planteas qué tipo de gilipollez supina te encharcó el raciocinio el día que decidiste pintarla de ese color. ¿Y esos cojines? ¿Estás de coña? Si más feos no los hacen…

Entras en el baño y los ratios de histeria se te disparan hasta hacer estallar los halógenos y llenarte entera de cascotes caídos del techo. Sólo ves ojeras, pelo crespo, piel gris y un gran grano rojo, como la cabeza de un pollo, sito equidistante entre ambos ojos. Sopesas llorar pero prefieres cabrearte que es mucho más digno y socialmente más aceptable.

La ducha no mejora ni un ápice la situación, ni siquiera la de tu pelo, que antes parecía una escoba y ahora un cúmulo de algas que te chorrean sin gracia ninguna sobre los hombros. Quizá si no te hubieras pasado treinta y dos minutos bajo la ducha con la mascarilla puesta, pensando en lo desgraciadita gitana tú eres teniéndolo , ahora tu melena tendría algo más de cuerpo y tú unas poquitas más ganas de vivir.

Vestirte es un calvario. Cuando vas por el décimo conjunto tirado en el suelo, te decantas por unos pantalones blancos del año de la tos que te hacen unas cartucheras como melones y una camiseta de similar añada, que te transforma misteriosamente los melones en desvaídas paraguayas. Resultado. Te pones a llorar. Ahora sí.

De esta guisa sales al descansillo, ofreciéndote en cuerpo y alma al diablo con tal de no encontrarte a ningún vecino, cuando aterrizas en el bajo y te abre la puerta EVB (El vecino buenorro) Avergonzada, inclinas la cerviz y aceleras a lo Zinedine Zidane, como si fueses a embestir el pecho de EVB, pero en plena escapada te miras los pies y caes en la cuenta de cuán largas y descascarilladas llevas las uñas y de lo mucho que te han crecido los pelos de las piernas desde la última vez que te las miraste. Con tanto ensimismamiento tropiezas y te caes. Era de prever en esa pose.

Tardas exactamente diez minutos en encontrar tu plaza de parking dentro de tu propio edificio. Saliendo le das un golpe al coche o limas la rueda contra la acera, lo que más a mano te pille. De camino al trabajo cambias veintisiete veces de emisora porque no te gusta ninguna de las canciones que ponen. Como te aburres, llamas a Marido y discutes con él. Por lo que sea, tampoco es plan de ponerse tiquismiquis y buscar como loca una razón. En la radio suena algo de Maná y aunque la canción espanta, a ti se te erizan los pelos de los brazos como si el volante diese calambre. Y lloras. Mucho.

Llegas al curro con el rímel corrido y unas ganas inmensas de que una maceta te caiga directamente sobre el occipucio. En el camino que va del parking a la puerta del edificio reproduces mentalmente la conversación que, débil y en voz baja, mantendrías con tu jefe desde la ambulancia. Juan, por favor, llama a mi marido y dile que le quiero y de paso acércate a esa reunión de tres horas a la que me habías mandado porque a ti no te apetecía una mierda. Gracias.  La vena dramática que te invade hoy está en su punto álgido, sí, así que corre, corre que te pilla.

La mañana transcurre lentamente sin un solo punto positivo del que hacer mención, así que en vez de comer con unas amigas en un bonito restaurante y disfrutar de la vida, decides autoflagelarte comprándote un sándwich en el bar de abajo para comerlo cabreadísima delante del ordenador. Como todo el mundo se ha ido a comer, llamas a Marido y discutes con él.

La tarde no mejora. Las piernas se te hinchan y la tripa te duele tanto que parece que vas a parir gemelos frente a la fotocopiadora en tres, dos, uno… Atacas la cuarta dosis de ibuprofeno del día aún a riesgo de que tus compañeros te ingresen en Proyecto Hombre. Tus ovarios te dominan el cuerpontero y tú no tienes ganas de más que de morirte!

A las seis decides irte a casa llorando como las plañideras porque una de tus compañeras te ha mirado mal por el pasillo o no te ha copiado en un mail, lo que significa que te odia y que confabula contra tu persona para hacer que el resto del mundo también te odie profundamente. Si alguien pregunta, nunca expliques los motivos de tu llanto porque dará la sensación de que padeces cierto retardo mental. Y en la oficina con esas cosas hay que ser muy mirada.

De camino a casa discutes con tres coches, dos motos y un transeúnte que se atreve a cruzar por un paso de cebra interrumpiendo así a las bravas, la placidez de tu conducción. Tú sacas la cabeza por la ventanilla y muy dignamente le comentas que su mujer yace en ese momento en amoroso colecho con su mejor amigo. La escena es observada de lejos por un Municipal que no sabe muy bien si detenerte o mandarte exorcizar.

Cuando llegas a casa tus hijos están en el parque con Lanana pero en vez de pasar por allí, como harían las buenas madres, decides irte a casa a continuar lamentándote o a ingerir con alevosía los macarrones con chorizo que sobraron de la cena de ayer. Te sientes muy culpable por no haber ido al parque pero saltarte el régimen es un grado más en el ranking  “Culpabilizaciones chupis” así que te sientas tranquilamente en el sofá a abofetearte hasta la hora del baño. Ese momento, otrora idílico y lleno de mimos madre-hijo, es imposible de sobrellevar con este dolor de riñones, esta retención de líquidos y este monumental cabreo contra la humanidad, así que gruñes y lanzas hipogritos huracanados, mientras tus hijos te miran fijamente y piensan ¿…Madre, está usted ahí?…

Marido llega media hora después que tú y aunque entra sigiloso para no hacer ningún ruido que te moleste, le detectas y discutes con él.

A las diez de la noche consideras que ya has tenido suficiente crisis emocional por un día y te metes bajo las sábanas en postura fetal, recordando el sabor de los Filipinos mientras veías Candy Candy. Lloras pensando en qué habrá sido de la señorita Penny y de Anthony y de Archibald y de la pequeña Annie y acto seguido te duermes deseando que las hormonas te dejen mañana volver a ser persona y no una versión iracunda y pasada de cafeína de Mss. Hyde.

Sinceramente, amigos, creo que a Lasmadres se nos debería convalidar esto del Síndrome Premenstrual para no tener que sufrirlo nunca más jamás en todos los días de nuestras vidas. Es obvio que a base de contracciones, pujos, tijeretazos, varices, mastitis, estrías y puntos de sutura, nos lo hemos ganado con creces.  Ya vale de broma.

VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 3.0/5 (2 votes cast)

91 Comments

Filed under Elucubraciones, Familia, Humor, Mujer, Neurosis, Ser madre