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Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…

Decidido, esta tarde voy a recoger a Lamayor al cole merienda en mano, y nos organizamos plan madre-hija en su versión I Jornada de Adecuación Estética Conjunta. Que me voy a cortarle el pelo, vamos, y ya que mis pies entran en una peluquería por primera vez en siglos, aprovecharé para igualarme y sanear la peluca.

Nada más entrar, una inquietante señorita de pelo asimétrico y uñas bicolores nos quita los abrigos y los condena a descansar manga con manga sobre un perchero de diseño incierto, regalándonos una sonrisa de través que me hace estremecer y recordar los teaser de las pelis de miedo. Nunca me gustaron las peluquerías y mi tensión cervical desde que atravesamos el umbral lo demuestra sobradamente.

Mientras recorremos interminables pasillos llenos de cabinas futuristas y fotos de cabezas, millones de olores dulzones amenazan con colapsarnos las respectivas pituitarias. Lamayor apenas se percata de ello, acostumbrada como está a meter la nariz en todos los botes de plastilina que pilla durante su horario lectivo.

Precedidas por dos señoritas de estrecha bata blanca por donde asoman ambas dos generosidades genéticas y/o quirúrgicas, llegamos a una sala repleta de sillas que sujetan sobre los hombros de sus víctimas unos extraños cascos, cuya misión es lobotomizar al tiempo que te fijan las mechas. No lo advierten en ninguna etiqueta, pero yo lo sé.

- Estáis de suerte – me dice alegremente un Ángel de Charlie de cintura imposible y botas mosquetero hasta medio muslo. A esta hora apenas hay clientes así que podremos atenderos a las dos a la vez.

- ¿Estás de coña?, ¿Separarme YO de MINIÑA y dejarla en vuestras garras para que la tuneéis a vuestro antojo? – pienso mientras digo – ¡Uy, qué bien, así tardaremos menos! Siempre he sido una cochina cobarde cuando la bata de una peluquera me mira directamente a los ojos, quizá eso explique los incomprensibles looks que llevé durante mi adolescencia.

Siento del verbo sentar a Lamayor en uno de los silloncitos alineados frente a un espejo descomunal que ya lo querría para sí Mocedades, mientras siento del verbo sentir una punzada dolorosísima cuando desliza su mano por el hueco de la mía y la aleja para acomodarse la capita que acaban de ponerle sobre los hombros. Ella se mira en el espejo y sonríe. Se siente taaaan mayorrrr.

Con suaves pero insistentes tironcitos, la terrorista con tijeras que el destino me adjudica en suerte me arrastra hasta otro sillón a miles de kilómetros de miniña. Mientras coloco el pelucón sobre el túnel de lavado observo con pavor que la única vista que la postura me permite son unos horrendos focos de discoteca que algún desalmado decorador, confiado en haber dado esquinazo por fin a su daltonismo, ha colocado alegremente en el techo. Contorsiono espalda y cuello hasta que consigo divisar en la lejanía el sillón de Lamayor, de espaldas, con su diminuta cabecita asomando por la capa como si fuese una bola de helado. Ella no gira la cabeza, no se mueve, atenta al espejo que le devuelve su reflejo de persona independiente haciendo cosas de mayores. Me dan ganas de llamarla y hacerle una mueca cómplice, no sé muy bien si para evitar que se asuste o para recordarle que me tiene a su espalda, vigilante y protectora, asegurándome de que nada malo le pase. Jamás.

Qué mal rato estoy pasando pordiosss, y no sólo porque esta mujer no para de friccionarme el cuero cabelludo con todo tipo de sustancias gelatinosas, también porque acabo de ser consciente de que Lamayor no me necesita tanto como yo a ella. Trato desesperadamente de que mi poder mental haga voltear aquella pequeña bolita de helado para que me mire, mientras ella contesta a las preguntas de la mosquetera sobre su cole y sus amigos, en un tono desesperadamente bajo, inaudible para una madre desesperada y sicótica que teme estar siendo apartada de tan crucial rito de iniciación.

La siguiente media hora tarda días en transcurrir. A mi espalda…¿Sólo las puntas o capeamos algo más? ¿Te hidrato? ¿Te acondiciono? ¿Te tiño de verde? Y yo a todo que sí, con una sonrisa de oreja a oreja y la boca seca como un tronco de leña.

Un momento, que parece que la capita con bola de helado se está moviendo. ¿Ves que guapa? – oigo que grita la mosquetera como para dar por finalizada la sesión. Sin apenas mirarse para comprobar el resultado, Lamayor sale corriendo hasta donde yo sufro mi destierro y me regala una enorme y gratificante petición de aprobación que hace que casi me derrita ¿Te gusta mamá? ¿Aquestoyguapa? Beso y requetebeso su cabeza recién pelada mientras exagero a voz en grito lo maravilloso del resultado.

Salimos de allí por fin, con las manos entrelazadas, ella con una nueva experiencia en su haber y yo con un corte de pelo cuanto menos inquietante. De camino a casa la noto más alta, más viva, más risueña e infinitamente más charlatana mientras me explica que su hermanita Lapequeña no puede cortarse el pelo porque casi no tiene dientes, incomprensible asociación que hace que me ría a carcajadas y casi mate de un susto al pobre transeúnte que pasaba por allí. Nunca fui muy discretita en mi forma de reír pero esta vez reconozco que me sirve para descargar nervio acumulado.

Nada más cerrar la puerta de casa oigo cómo va a contarle la experiencia a Lapequeña y a Lanana, cuidadora oficial de la familia que en este momento está tirada en el suelo recogiendo cientos de macarrones esparcidos por el salón. Por salud mental, jamás pregunto qué sucede en el suelo del salón durante mi ausencia así que me disculparán si no desentraño el misterio…

Mientras subo a cambiarme de ropa y a gritar delante del espejo por el corte de pelo que la brujamala ha perpetrado durante mi breve ausencia de consciencia, cachis cuánta aliteración en apenas dos palabras, oigo cómo Lamayor grita y llora escandalosamente. Bajo corriendo, saltando los escalones de seis en seis y aterrizo en el salón con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, justo a tiempo para sacarle un macarrón de la nariz que se ha colado allí nosesabecomo y que en su camino ha conseguido hacerle alguna que otra dolorosa heridita. Beso sanador en cada lágrima más uno de propina en la nariz maltrecha, acurrucamiento en el regazo materno y leve sonrisa que se dibuja en la boca de una mamá aliviada porque vuelve a saberse necesitada.

…Espero sepan disculparme el egoísmo…

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Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…, 5.0 out of 5 based on 3 ratings

5 Comments

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5 Responses to Sobre el desenganche emocional y otros difíciles quehaceres…

  1. marta

    q chuli q chuli

  2. Con permiso de los muchos blogs que he leido y sigo haciendo (todos escritos por tías, se ve que sois más imaginativas y verborreicas que los machos), tengo que admitir que eres la que mejor escribe…me descojono soberanamente y me parto el pecho, la camisa y la cara si alguien me dice que escribes rematadamente mal!! Lo de bajar las escaleras de seis en seis escalones, aterrizar con los pies juntos, la espalda recta y los brazos en cruz, cual Nadia Comaneci, ha sido bestial…sobre todo porque me lo imagino!! Eres el descubrimiento del año!!

    • Blogdemadre

      Millón de gracias, amigo!!! Me alegro de que le guste. Me pasaré por su blog, descuide. Tiene usté un blogroll que da gloria verlo!!!

  3. Toñi

    Ni lo sabía pero para esta fecho mi pequeño miniser ya estaba en caminoooo

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