Sicilia, 1920

Recuerdo que yo era una moza bien parecida, esbelta y pinturera, que atraía las miradas de muchachos de muy diferentes gremios manufactureros, ya fuere en el baile, de paseo o en las terrazas de los cafés. Tres años y dos embarazos después, me hallo en condiciones de afirmar que lo único que me queda en su sitio son los globos oculares.

Cuando los libros me hablaban de los cambios físicos que conlleva la maternidad siempre pensé que se referían a la necesidad de mudarte a una casa más grande. Jamás imaginé la tendencia de músculos y diferentes capas de la dermis por acercarse cada vez más al suelo, como si te estuvieses derritiendo. Cuando un día al agitar el biberón notas cómo la cara interna de tu brazo se independiza del resto de tu cuerpo y pendula como un trapecista nervioso, sientes que el tema se te ha ido de las manos.

Pero todo empieza mucho antes.

Durante el segundo trimestre de embarazo, justo cuando guardas tus vaqueros bajo llave susurrándoles, volveré , te pones como loca de contenta porque aquella barriguita incipiente se nota cada vez más. Los pantalones de cintura elástica te parecen lo más e incluso te planteas por qué no empezaste a utilizarlos ya en el instituto, por dios, con lo cómodos que son!

Lo malo llega después. Un día te levantas de la cama y antes de entrar en la ducha saludas a la mujer esa que te mira desde el espejo con un educado Buenos días, maja, ¿qué haces ahí metida? pero sólo porque tu madre te enseñó a ser cortés incluso con los desconocidos. Cuando te das cuenta de que lleva tu camisón y tu mismo tinte de pelo, sospechas. ¿Quien eres? ¿Y porqué te me has comido a mí misma? Es tu misma imagen pero por triplicado, como si fueseis las hermanas Goyanes. Sopesas montar en cólera y romper botes de colonia contra el espejo como en las pelis de sobremesa, pero sabes que eso no cambiará nada; así que ya que está ahí, hazte su amiga y pídele que te seque la espalda, que no estás tú para estiramientos ni contorsiones.

Siempre hay alguna amiga que te dice, pues yo salí del hospital con mi ropa de antes del embarazo, pero no le hagas caso, porque seguro que se refiere al chándal. Y así no vale.
Yo esperaba desinflarme como un globo de chicle nada más llegar a casa con el bebé, pero creo que la convalecencia incluso me hizo engordar algún gramito. Todos me pedían paciencia. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquellas lorzas seguían encaramadas a mis costillas como cabras montesas, saltando por encima de la cinturilla del pantalón a la mínima y sin previo aviso.

Entonces te vuelves observadora compulsiva de barrigas ajenas. Carrito que ves por la calle, mirada fija a la madre para calcular en décimas de segundo a) tiempo pasado aproximado desde que dio a luz y b) comparación de su barriga de perfil versus la tuya. Si esta última variable sale a su favor, agudizas aún más la vista para encontrar la línea de la faja a través de su ropa. Y eso quita puntos. Si ella es delgada en extremo, el niño es adoptado. No te castigues más.

Y de repente un lunes cualquiera, tras un año y un día de calvario y ensaladas, y justo cuando empezabas a perder tu fe en el efecto reductor del alga marina, tu cuerpo vuelve a su ser, pero ha tardado tanto tiempo que cuando por fin vuelve a casa, ya no le reconoces.

 

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6 Comments

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6 Responses to Sicilia, 1920

  1. María

    ay, q me paaaarrtoooo!!! me ha encantado lo de “los pantalaones de cinturilla elástica y te preguntas por qué no empezaste a usarlos en el instituto!!! es que son la pera de cómodos!!! a mí aún me sobra pero ya no podía más con mi ropa y las apreturas… 😉

  2. Paz

    Y estás deseando que te crezca la barriguita, sí, pero en mi caso era para dejar de ser “Esa gorda embutida en unos pantalones dos tallas menos” o “Esa gorda con pantalones talla XXXL” y empezar a ser “Esa gorda embarazada de gemelos”, que siempre es más digno y te permite mirar con falso aire de superioridad matronil a las infelices “no embarazadas”, delgadísimas, morenísimas e hidratadísimas. Por cierto que el otro día, buscando unos pendientes para un disfraz recuperé unos de principios de los locos 90`s (llamados “las paelleras” por su forma y tamaño) y casi se me caen las orejas sin necesidad de hacer nada más que probarlos un instante. Conclusión: ni siquiera las orejas son los que eran, ahí es n´á.

  3. belen

    Genial! Me has hecho llorar de risa como hacía tiempo!! Perfecta forma de describir lo que nos pasa.

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