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Reality show

Interior. Noche. Sofá del salón.

Marido y la que suscribe nos disponemos a sentarnos frente a la tele e ingerir cualquier tipo de conglomerado indigesto que los señores televiseros tengan a bien programar en la parrilla. Tres de las neuronas que nos quedan vivas claman a gritos ver algo que nos les requiera ni el más mínimo roce entre ellas, así que optamos por presionar el cinco en el mando, sabiendo que la altura intelectual de lo que sea que salga por la pantalla siempre será menor de cero. Llegamos justo a tiempo para ver el comienzo de un nuevo real show… “PADREVIVIENTES”. ¡Tomayá!

Tres hombres y tres mujeres, solteros, sin descendencia y hasta hoy desconocidos entre sí, son abandonados en una isla desierta durante ocho semanas. Tras ser arrojados desde un helicóptero y llegar a nado, y sin resuello, hasta la costa, deberán pasar por taquilla para recoger las únicas pertenencias que podrán considerar suyas durante su estancia en la isla: tres hijos ficticios como tres soles de gordos que deberán cuidar amorosamente si quieren ganar el concurso y luego dedicarse a largar vivencias por los platós.

Cada concursante deberá cuidar y amar a sus tres hijos, ayudarles con los deberes del colegio y dejarles en su clase correspondiente cada mañana sin confundirse. Cada noche, deberá bañar a los niños, preparar cenas, dar cenas, leer un libro, más una canción con mímica, más una baile opcional; por la mañana darles el desayuno, vestirles, enseñarles a que se cepillen los dientes y peinarles para que estén listos y oliendo a limpito a las ocho treinta de la mañana. Además, deberá llevar a cada niño a una cita con el pediatra, con la enfermera que vacuna, el dentista, un corte de pelo y una piscina de bolas.
Para amenizar la estancia y poner a prueba el estado de nervios paterno, cada niño practicará dos deportes acuáticos y uno cardiovascular e irá a clases de música o danza a días alternos. Cada niño tendrá a su vez tres amiguitos íntimos que cumplirán años dentro de las fechas del concurso, haciendo necesaria la realización de tartas y sándwiches por parte de los concursantes, además de diferentes disfraces de flores y/o frutas para los respectivos hijos de, por supuesto, tamaños y tallas diversas y nunca concordantes.

Cada concursante deberá ir de tiendas con al menos dos niños y arreglárselas para que alguien le cuide al tercero, probarse tres pares de pantalones sin que ninguno de ellos se le escape del probador y conseguir pagar sin que muerdan a nadie en la cola. Además, deberán asistir a reuniones en el cole, guardería y comunidad de vecinos y encontrar tiempo al menos una vez por semana para pasar una tarde en el parque o entorno socializador similar. Deberá entablar conversaciones educadas y mínimamente inteligentes con los demás padres de la isla, evitando a toda costa los insultos personales y las competiciones para ver qué hijo es mejor y cual es capaz de eructar más alto. El edredoning está totalmente permitido, si es que les queda algo de vida y prestancia de ánimo al finalizar cada jornada maratoniana… porque lo que es ginseng no hay…

Tras ocho semanas de extenuación constante, se realizará un test individual en el que cada concursante deberá recordar una serie de datos imprescindibles. A saber: el día del cumpleaños de cada niño, su altura, peso, talla de zapatos y de ropa, nombre de su pediatra, peso del niño al nacer, su longitud, el tiempo que duró el parto y posibles alergias alimenticias. El color favorito de cada niño, su segundo nombre, el mote que le han puesto los macarras de su clase, su comida favorita, canción favorita, bebida favorita, juguete preferido, cuento preferido, el miedo que da más susto y lo que quieren ser de mayores. Nombre de su profesor/a, nombre de sus mejores amiguitos de clase y el nombre de al menos tres dibujitos de la tele, nombre del canal en el que los echan y número del dial.

Como prueba final y de postgrado, deberá ser capaz de llamar a cada uno de los niños sin comenzar su nombre por las sílabas iniciales de los nombres de sus dos hermanos ficticios. Pabli- Nuri- Macarenaaaaa. No, eso no. Muy mal.

Finalmente, los tres niños de cada concursante le nominarán o no para abandonar la isla, basándose en lo bien o mal que haya cumplido con sus obligaciones y la cantidad de chuches y/o monedas de euro con que haya sido capaz de sobornarles para conseguir sus fines.

El ganador no recibe un duro, sólo una flor de miga de pan con su nombre grabado en cada hoja, elaborado por las manitas y los abalorios de sus vástagos ficticios. También el privilegio de ser llamado Mamá y Papá, con mayúsculas, al menos durante esas ocho semanas.

De vuelta a su realidad y a su pueblo, cada concursante – si no ha quedado bizco y demasiado tocado a nivel anímico y cognoscitivo – tendrá la opción de volver a repetir la experiencia, en cuyo caso el concurso durará el resto de su vida.

Divertido, ¿no?… Participen, hombre, participen…

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