Consejos flojos para no desvelarse

Se conoce como Insomnio eso de despertarse y no poder volver a dormirse, o bien no poder dormirse directamente, desde el principio, para qué empezar. Tranquilos, no se lo voy a explicar a estas alturas de su paternidad, por favor, con lo que llevarán ustedes encima. En mi casa suelen darse dos tipos de insomnio, a saber:

El insomnio endógeno o de efecto PLIM, producido normalmente por extrañas causas internas, sucede cuando atareada en los vericuetos de la ensoñación algo desconocido hace que mis ojos repentinamente hagan PLIM y se abran, dándome el aspecto de una médium despeinada y con ojos de batracio. Por favor, no confundir nunca con el “Efecto PLIN” de “A mí, plin”, que utilizo básicamente cuando algo me importa un huevo. Un abismo separa uno de otro. No sé exactamente las causas de este fenómeno PLIM que aparece de forma sorpresiva pero tiendo a achacarlo casi siempre a la señora loca que llevo dentro.

El insomnio exógeno, o provocado por causas externas, en mi caso no alcanzan el metro y medio, llevan pijama de Minnie y tosen o tienen pis o hambre o sed o miedo, según toque.

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Miedo es esto (Suavinex)

Amigosmíos, hoy comienzo con Suavinex – El club de las madres felices una colaboración molona que me llevará a estrujarme los sesos con frenesí… Frases, adivinanzas, chascarrilletes, verdades por las que todos hemos pasado y en algún momento nos han hecho reír. O llorar. O desear un barbitúrico.
Hoy, la primera…¡Espero que les guste!

móvil

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Entrar en zumba y salir zumbando

Entre mis propósitos de año nuevo están ser mejor persona, escuchar más, enfadarme menos, bla, bla, bla y acabar con este cuerpo de triquéquido adulto que me trajo la maternidad. Este último propósito es a mi juicio el más importante porque tras los festivales navideños he conseguido lo que parecía a todas luces imposible: que se me gangrenen las piernas por la excesiva presión de los leggins cada vez que me agacho a coger nosequé. No saben ustedes qué suplicio para las corvas, qué tensión   en el tejido, qué alto riesgo de explosión.

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Cuando Paco me abandonó

Hace la friolera de 15 años, cuando cualquier parte de nuestra anatomía era capaz de partir piñones, pasé unas estupendas vacaciones en Ibiza con unas amigas rodeadas de la más absoluta despreocupación. Allí, entre atardeceres, bongos y trenzas mal peinadas, conocimos a unos muchachos muy agradables y de amena conversación, que para nuestro solaz, además, debían practicar la horticultura a juzgar por lo mucho que hablaban de las plantas que tenían en posesión.

Quiso el destino que además de mojitos y atardeceres compartiéramos el ala oeste del mismo hotel, algo que estaba destinado a ser mi perdición. Una madrugada, ahítos todos de rialcao y altramuces, con la desinhibición que ese tipo de empachos siempre da, comenzamos una conversación boscosa sobre la vida, los sentimientos, el enfrentamiento transgeneracional y la importancia siempre de un buen protector de estómago antes de salir a cenar. Uno de ellos, de nombre Paco, me eligió como blanco de su conversación y, con el paso de las horas, también de su lloro torrencial. A Paco le había dejado su novia y el muchacho no pudo evitar hacerme partícipe de toda la desazón que el abandono le producía: tristeza, abatimiento, sudores fríos y una verborrea a todas luces descomunal. Yo le escuchaba amorosa, empática y ojiplática, intentando colar algún consejo cuando él paraba a respirar, pero todo esfuerzo fue en vano, él no tenía ninguna intención de escucharme, ni siquiera puedo afirmar que supiera que estaba allí. Cuando acepté ese hecho cruel, que me dejaba en mísero lugar al convertirme en un mero puching ball emocional, poco más de provecho pude hacer que entregarme con fervor a la coctelera, poniendo mi empatía y consideración en piloto automático y dejando a Paco solo y en constante batalla contra su propia felicidad.

Los demás comensales, muy cucos, sigilosos y yo juraría que en extremo mareados, fueron abandonando la reunión a hurtadillas y en zigzag. Tres veces tres intenté levantarme de aquel sofá para irme a dormir y tres veces tres fui cazada de nuevo por Paco y una nueva recaída espiritual. ¿Cómo iba a abandonar a ese hombre abatido, ojeroso y colorao, al que si acercabas un mechero probablemente habría hecho arder la isla entera? Nada importaba que fuera el hombre más feo de la historia, yo lo hacía por simple amor a la comunidad.

Los minutos caían como cagarros de paloma y ahí estaba yo, bajo la lluvia, sin paraguas ni visera cobertora. De repente, oh cielos, algo sucedió. Súbitamente Paco se levantó del sillón, apagó su cigarrillo contra la moqueta y comenzó a andar en sospechosa dirección a la puerta. Sin volver la vista atrás levantó una manita en modo infanta y dijo con una claridad meridiana y desconocida hasta ese momento “Me voy a dormir”. Su marcha me dejó sola en el bar del hotel con una increíble cara de pollo y un camarero barriéndome los pies.

Hay alguien ahíHoy, echando la vista atrás, veo el abandono de Paco como una fantástica lección vital. Sin saberlo, el fugado me preparó para la cantidad de veces que me iba a tener que enfrentar a la soledad por sorpresa en mi vida post maternidad. Hoy cuando descubro que llevo media hora pegada a la tele viendo a una familia de cerdos cantar, sin nadie a mi alrededor, no me siento en absoluto menospreciada. Ni cuando me dejan sola con la merienda en la mano en mitad de un centro comercial, ni cuando miro atrás y veo que llevo trescientos metros hablando sola porque una flor les interesa más que yo; tampoco cuando me quedo empujando un columpio vacío con la mirada perdida, o sola en un banco relamiéndome por la ingesta de los siempre sobrantes bordes del pan…

Ahora eres útil. Ahora ya no. Ahora lo eres. Ahora no. Con precisión de interruptor tus hijos te harán saber cuándo necesitan tu presencia o cuándo prefieren prescindir de ti. Con esa sinceridad desgarradora que sólo los niños, y Paco, se pueden permitir.

 

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Madres vs. Gérmenes

Bien podría ser éste motivo y tema para un videojuego sin par, en el que madres forradas por entero de látex rocíen con sulfatos abrasivos la superficie terrestre hasta acabar con los bichos que pretenden anidar en sus hijos y, por ende, exterminar a la humanidad entera. En la vida real, la relación es algo más amistosa, aunque sin llegar en ningún momento a la confraternización. Los gérmenes no son tolerados en absoluto, pero sí admiten ciertas distinciones en el trato según sea su origen:

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Parecidos razonables

Mucho antes de contarle los dedos a un niño o achucharle hasta asfixiarle con nuestra peste a colonia, una fuerza interna nos empuja a buscarle parecido físico. Aunque el pobre apenas lleve unos días en el mundo, o en el vecindario, escrutaremos sus rasgos faciales con lupa hasta sacar una conclusión, dar un codazo al de al lado y con el monedero bajo el sobaco y cierto parpadeo ocular, musitar “Es clavadito a su padre”.

Da igual que el padre en cuestión sea un dios griego y su hijo un huevo duro, o viceversa, un escrutador bienintencionado siempre encontrará parecidos que los vinculen. A los malintencionados ni los menciono, que por defecto tienden a caerme mal.

Si el nexo es obvio y toda la camada tiene las mismas orejas puntiagudas de su padre, no habrá problema, porque ello salvaguardará la hombría de él y la honestidad de ella, pero ¿qué pasa si las criaturas apenas comparten con su progenitor los rasgos que los definen como humanos? Ahí comienzan los nervios.

Si ante la pregunta ¿Y de dónde ha sacado esta niña esos ojazos azules? tú respondes “No sé, así lo quiso el Sr. Mendel”, tratando de ampararte en las arbitrarias leyes de la genética, estás muerta, todos pensarán que el tal Mendel es un austrohúngaro al que te tiraste en tu último viaje de trabajo y eso echará por tierra tu reputación. Y sembrará dudas. La madre siempre cuestionada, siempre inspeccionada.

Para protegerla de la lapidación social, las dudas y los rumores, la naturaleza más primitiva se buscó ciertas artimañas. No tengo informe que me ampare pero se dice que los bebés se parecen sobremanera al padre durante sus primeros días de vida para que éste no los rechace por no reconocerlos como propios. Eso sería útil hace una cantidad ingente de años para evitar que el padre los despeñara o se los comiera asados en una caverna, pero ahora sirve más bien de poco. A medida que el niño crezca y adquiera su propia forma, conservando de su padre apenas una breve semejanza en la forma de las muelas, las dudas volverán a aparecer.

Y no me refiero a la duda metódica, como algo global que define un pensamiento, me refiero a la duda puñetera que ves sobrevolando las canas de tu suegro o a la cara de rancia de la tía Paulina que inspecciona estructuras óseas con precisión de CSI cada Nochebuena, para asegurarse de que a quien deja la herencia también sufrirá algún día cierta atrofia, como ella. Entran en este saco del mismo modo las pseudo bromas de amigos de escasa gracia cuando meten en la ecuación la visita fortuita del señor del gas para justificar una peca.

Madres mías, hasta que la sanidad pública no acompañe la prueba del talón con un análisis de paternidad neonatal siempre estaremos en tela de juicio. Y eso cansa. Que una cosa es engañar consciente a tu marido al afirmar que cuando le conociste ya gruñías y otra muy diferente tratar de colarle un hijo. Que eso está feo, hombre…

Señor del gas

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Mi madre se ha comido mis deberes

– Mañana nos traemos a Moli a casa, mamá – me dijo hace unos días mi hija pletórica y despeinada por la felicidad – tenemos que pasar el fin de semana con él y que participe en nuestra vida familiar…¿Le podré prestar mi ropa? ¿Le dejarás dormir en mi cama?…Quiero compartir con él toooda mi coliflor.

Incauta de mí pensé que Moli era un estudiante de intercambio bávaro que el colegio había traído para fomentar la interculturalidad, pero no tardé en averiguar que se trataba de un muñeco de peluche de metro y medio de alto y veinte kilos de peso con el que tendríamos que lidiar dos días consecutivos. Con él del brazo salió mi hija el viernes del colegio, como dos amigos beodos haciendo eses por el peso de sus cuerpos, hasta que con ternura maternal los acogí entre mis brazos. A los dos.

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Hijos de Alan Smithee

Conocí a Alan cuando iba con asiduidad al cine, yo no él, en esa época de expansión social donde improvisar planes estaba a la orden del día. Entonces supe de él y de su nacimiento allá por 1968, cuando los directores del western “La ciudad sin ley” se dieron de gorrazos durante el rodaje con el actor protagonista. Argumentaron todos marcadas diferencias creativas. Que yo quiero vestir de verde, pues yo no y esas cosas de los artistas.

Como resultado de la trifulca ambos directores se negaron a aparecer en los títulos de crédito firmando una obra con la que ninguno de los dos parecía estar de acuerdo. El sindicato de directores de Estados Unidos trató de calmar los ánimos, les atusó el flequillo, les compró sugus y les sugirió que utilizaran un seudónimo que salvaguardara su dignidad, dado que ambos pensaban que el resultado de su película había sido un ñordo muy gordo.

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Eligieron para tal fin el nombre de Alan Smithee, anagrama de “The Alias Men”. Desde ese momento el seudónimo se instauró oficialmente y el bueno de Alan fue utilizado a conveniencia por directores, guionistas y productores de Hollywood cuando por los más variopintos motivos les daba repelús aparecer en los créditos. La serie MacGyver, pelis de zombies, videoclips de Whitney Houston y la versión televisiva de Dune, entre otras lindezas, pertenecen a su repertorio.

Y a mí, francamente, me parece un ideón.

Cuando inviertes tanta ilusión, tiempo, dinero, esfuerzo y energías en algo y, por alguna razón ignota, no tiene el resultado esperado o bien hace que te avergüences hasta querer enterrar la cabeza en la arena o en un jarrón, es liberador saber que tienes una salida para evitar que el peso de la vergüenza te caiga así, plof, de sopetón.

Hace algunos días, una de mis hijas cuya identidad no desvelaré para salvaguardar su honrilla, me puso en un brete sin igual, durante una de nuestras largas estancias en el parque. Allí, entre flores de colores, cacas de perro y burruños de papel albal, se acercó a una señora y le dijo:

– Hola, ¿cómo te llamas?.

– Conchita – contestó ella sonriente.

– Huy, qué nombre más feo – replicó mi niña sin despeinarse.

Yo oía la conversación desde un banco, sopesando si hacerme la longui o sedarla y llevármela a casa corriendo antes de que la cosa fuera a más.

– ¿Me das? – le preguntó mi hija subiéndose a un columpio y haciendo acopio de toda la sinvergonzonería que le es propia de serie.

Conchita consintió en mecerla durante largo rato, supongo que entre divertida y expectante ante su desfachatez.

– ¿Cuántos años tienes? – continuó interrogando la niña.

– Un montón – se escabulló Conchita demostrando la gran cintura que escondía tras la faja.

– ¿Y ya te has ‘julibado’? – preguntó la entrevistadora.

– ¿Cómo? – Conchita no daba crédito.

– Que si ya has dejado de trabajar por viejecita.

– Sí, hace ya algún tiempo – la sonrisa de Conchita iba languideciendo por momentos, pero nada le hacía presagiar el remate final.

– Pues entonces es que ya te vas a morir dentro de poco – concluyó mi hija, que eso de ganar a los puntos no le dice nada, ella es mucho más de Nocilla y de ganar por K.O.

Conchita alzó la cabeza entonces, sin sonreír ya una miaja, buscando desesperada por todo el parque al responsable legal de aquella niña. Entonces supe que debía intervenir, era mi obligación.

– No le estará molestando la hija de Alan Smithee, ¿verdad? – dije educadamente a una Conchita apocada y a puntito de llorar- . No se preocupe, que yo me encargo. Aaaaaaaalaaaan – grité mirando a un señor de traje que le hacía fotos a su perro.

– No, tranquila, mujer, no le digas nada – me cortó Conchita reponiéndose  – si son niños. Cabrones, pero niños al fin y al cabo.

 

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¡Que vienen los procuradores!

Cada día me admiro más de la capacidad que tiene una madre para echar balones fuera, para esquivar coqueta la culpa en el fragor de la batalla diaria y descargar sobre otros hombros esta laboriosa tarea de educar a los hijos.

Con tal fin, una madre podrá recurrir con manifiesta sinvergonzonería a diferentes seres reales o inventados para que sus hijos no la culpen a ella del tostón que supone cumplir las normas. Para ser aptos, estos seres deberán tener dos requisitos básicos: 1) Disponer de la suficiente altura intelectual o provocar el suficiente miedo como para que su sola presencia te mate del canguelo y 2) No tener nada que ver con ella.

De este modo, las madres de todos los tiempos han colado en regañinas y trifulcas caseras a seres como:

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Mamá… mamá… mamááááá

Hace algunos meses, científicos del reputado e inexistente South Harmon Institute of Technology realizaron un estudio a nivel planetario para saber qué palabras eran las mas utilizadas en los más de seis mil idiomas y dialectos conocidos. Entre los vocablos mas destacados encontraron: Sí, No, Hola, Adiós y Taaaaxi.

Cierta desazón sentí cuando leí el estudio y no vi ni rastro del término que con mayor frecuencia y a decibelios más disparatados han soportado mis oídos a lo largo de todo el verano.

  •  – Mamá, mamá, mamáááá.
  • – Mamá, mamá, ¡mírame!
  • – Mamá, mamá, ¿me miras?
  • – Mamá, ¿te bañas?
  • – Mamá, ¿te vas a bañar?
  • – Mamá, ¿te bañas conmigo?
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