Principio de Tercio Excluso

Existe un algo muy molón en filosofía, una ley, un teorema, un queseyó, que se denomina Principio de Tercio Excluso según el cual entre dos proposiciones contradictorias, una tercera no tiene cabida, está excluida, fuera, no te queremos, anda y tira pa la calle. Por ejemplo, entre estas dos frases “El pájaro es verde” y “El pájaro no es verde”, una de las dos es cierta, te pongas tú como te pongas. No hay una tercera posibilidad.

Inventándome la mitad de las cosas que voy a decir a continuación, ello podría enunciarse en este universo nuestro del sinsabor maternal en algo así como “O te comes las lentejas o no te comes las lentejas”, pero no se admite nada intermedio. Es decir, no te voy a hacer unos espaguetis con tomate ni borracha perdida.

Quizá esto no fue contemplado como se merece por Aristóteles ni por la lógica escolástica medieval pero créanme que en mi día a día lo pongo en práctica más veces de las que quisiera.

Nosotros, que somos gente de bien, librepensadores y buenos padres, desde la cuna dimos a elegir a nuestras hijas entre varias opciones para así reforzar su personalidad y fomentar que fueran bebés más chupis. ¿Qué chupete quieres el rojo o el azul? ¿Te curo el ombligo ahora o ya si eso más tarde? ¿Qué teta, la izquierda o la derecha? Y como al principio no se decidían, nosotros elegíamos por ellas. Pero ojo, sólo como un bien en usufructo, hasta que ellas manejaran con destreza su propia capacidad de elección.

Con el paso del tiempo se han ido acostumbrando a que siempre haya dos o más opciones entre las que elegir, tanto que ahora lo exigen con un ímpetu que no se imaginan. ¿Hoy voy al colegio, al cine o a dónde?; Tengo gimnasia ¿me pongo las zapatillas, las botas de agua o los tacones de Minnie? ¿Pollo o tortilla o si no qué?  Y así día y noche, sin descanso, ni tregua, ni bloques publicitarios. Tal es así que temo hayamos creado un par de monstruos multielectores que no se conforman nunca con nada y por ello me hacen perder los papeles todos los días dos veces.

Encomendándome no sé muy bien a quién, porque en esto de la maternidad no hay dios que te diga qué está bien y qué está mal, he decidido enunciar mi propio Principio de Medio Excluso, es decir, “Te comes las lentejas o te comes las lentejas”. Y ya. Ni medios, ni tercios. No hay más opción, no rebusques, no te líes. Esto es lo que vas a hacer, porque es lo mejor, porque lo digo yo que soy tu madre y lo sé todo y además estoy muy cansada para discutir más, copón.

De ahí mismo, del cansancio más absoluto viene esta tendencia mía a bloquear todo abanico de posibilidades de elección. Con ello he ganado algo de salud mental y me he evitado recurrir constantemente a la conocida fórmula del “Te cuento tres”, si bien he perdido a cambio dos o más puntos en mi carnet de madre jipi.

Quizá toda esta perorata no haya supuesto para ustedes más que dar vueltas al Axioma de Porquelodigoyó, sin apenas descubrir nada nuevo. Créanme que lo siento, pero hoy me he levantado muy lógica, muy escolástica y muy medieval y me apetecía divagar sobre ello. Otro día ya si eso les cuento cómo se cayó mi abuela al río y nos lo pasamos jamón.

Perdónenme ustedes las disculpas.

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Elarmario de Lascascarrias returns

 

Vuelve a abrirse el armario para llenarse de cachivaches, esta vez con uno que en vez de risa da ardor de estómago…

 

 

Elarmario de Lascascarrias. Haga clic en cualquier puerta, abra y deje su artefacto inservible.

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La eterna edad del pavo

Podría comenzar esta reflexión floja diciendo que recuerdo vívidamente mi edad del pavo, si no fuera porque sus efectos me duran a día de hoy. Aún sigo pensando que el mundo entero tiene algo en mi contra y de vez en cuando lloro por ello. También lloro por las injusticias, por la retención de líquidos y por la paz mundial. Vamos que llorar, lloro.

Algunas cosas en cambio las he ido superando con el paso del tiempo, como lo de poner posters de torsos masculinos en mi habitación. Quizá sea porque ahora el hombre al que más admiro es mi padre y colgar una foto suya tamaño XL sobre el cabecero de mi cama conyugal podría ser motivo de divorcio o de internamiento por orden judicial en un sanatorio de aguas termales.

También he superado esa etapa de amor idílico que aprendí primero de Ken y luego del Nuevo Vale. Historias de amores tórridos e imposibles donde el corazón se te despedazaba porque el verano en Guardamar tocaba a su fin y él debía volver a cursar BUP a su instituto de Castillar de las Cuestas. Podría decir que en algún momento aprendí que el amor no es perfecto y que ya no espero que lo sea. Podría decirlo pero no lo digo porque creo que en el fondo no lo creo. O sí lo creo. Y aquí lo dejo porque intuyo que me he hecho un lío.

Sí creo haber superado en cambio, a fuerza de voluntad y grandes palos, esa relación de dependencia con mis amigas. Ya no me preocupo tanto de lo que pensarán de mí o si dejarán de quererme por llevar unos zapatos horrendos, también es verdad que ahora les pido su opinión mandándoles una foto por whatsapp antes de comprarlos y eso, que quieras o que no, ayuda.

En cuanto a gustos musicales me veo un poco estancada, fíjense, a pesar de que en estos últimos años son múltiples los grupos con nombre de medicamento antitusivo que pueblan el panorama musical, yo sigo aferrada a la ilusión de subirme alguna vez a un escenario a cantar Rivers of Babylon de Boney M, pelucón y túnica blanca incluidos, con la coreografía aquella que hacía salir despedido cualquier reloj de pulsera por gordo y pesado que fuera.

Y es en días como hoy, sin ninguna razón aparente que lo motive,  cuando tiro de histórico, recapacito y pienso…Si aún no he conseguido hacerme fuerte frente a esa puñetera dualidad entre lo que soy y lo que los demás esperan de mí, si hay días en que no me encuentro y otros en los que ni siquiera me apetece buscarme, si me indigno, grito y pataleo, si canto en la ducha, si salto en los charcos, si a mis treintaytantos dudo a veces de haber encontrado mi lugar en el mundo… ¿cómo voy a enseñar a sobrevivir a mis dos pequeñas féminas cuando la adolescencia las posea por los pies y las deje patasarriba? ¿Quiere esto decir que tengo exactamente diez años para crecer si quiero hacerlo bien cuando llegue el momento?

 

Temo que dentro de unos años cuando confluyan en casa las tres adolescencias, las de nuestras hijas más la mía, Marido finja una muerte propia o ajena y corra a encerrarse en cualquier monasterio cisterciense que tenga a bien acogerle. Entonces – le digo así de sopetón – nos quedaremos las tres comiendo sandwiches de chorizo con chocolate y viendo “Los puentes de Madison” hasta que el llanto nos agote, nos destiña o nos vuelva del revés. Él lo niega todo con amor y me asegura que permanecerá a nuestro lado pase lo que pase, custodiando nuestro sueño, y la puerta de casa, para que no podamos salir a hacer daño a nadie…

 

 

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Entre tres amores

 

¿Cómo era la copla?

 

Yo tengo entre dos amores

mi corazón repartío

Si me encuentro a uno llorando

es que el otro lo ha ofendío…

Ole, ole,

Triquitraun…

 Pues así es mi vida básicamente.

Ayer tarde, al acostar a Lapequeña para dormir la siesta, seguí a rajatabla el manual del perfecto dormidor, música suave, incienso, velitas… Terminé justo a tiempo de recoger a Lamayor del cole y presta la metí en mi cama. Cuando me disponía a repetir el proceso entró Lapequeña furibunda en mi habitación y me pilló en la cama con su hermana.

- Cariño, no es lo que parece – dije yo compungida

- ¡Traidora! ¡Promiscua! ¡Malamadre! … Todo eso y más me dijeron sus ojos. Luego me tiró el chupete con saña y se fue dando un portazo.

Perfecto, otro día que fracaso en mi labor de equilibrismo amoroso.

Cuando te quedas embarazada del segundo hijo mil dudas te circunvalan el cráneo a modo de dolorosa corona de espinas ¿Le querré tanto como al primero? ¿De verdad es eso posible? ¿Tendré dentro una máquina de fabricar amor como masa de churros con la que podré abastecer a uno sin perjuicio del otro?

Pero qué idiota.

¡Pues claro!

Es cierto que al principio la prudencia te hace no manifestar el amor que te brota a chorros por respeto al primogénito, como cuando tu exnovio te pilla en una discoteca agarrada al cuello de un chulazo de cuerpo atlético y tú te agachas disimulona para abrocharte la zapatilla. Pero luego la naturaleza sigue su curso y repartes besos, mimos y pedorretas en la barriga de forma ecuánime entre los dos, intentando equilibrar fuerzas para que ninguno de tus vástagos se te ponga mustio. Refiriéndose esta última frase a tus hijos, no a los chulazos, ojo.

Lo difícil viene después, cuando la etapa bebé pasa y ambos miniseres reclaman amor por igual. Entonces se abre un periodo de estreses varios donde te debes calzar a diario los rockies de árbitro colegiado si no quieres salir a crisis gorda por día. Y raras veces se consigue, porque tener hijos múltiples en casa conlleva una cintura y un don de gentes que en ocasiones no tenemos. ¿Cómo hacer para no beneficiar a uno a costa del otro? ¿Qué hago si tomar partido es mucho más doloroso que meter la cabeza bajo el cojín y fingir que esos lloros no van conmigo?

Hay teorías que defienden la no intervención frente a otras que postulan la decisión salomónica y otras que se inclinan por huir de casa. Todas ellas tienen sus pros y sus contras así que yo, ratona de mí, procuro ir entremezclándolas todas aun a riesgo de tener que respirar en una bolsa varias veces al día.

…Que a una la he regañado dos veces esta mañana… pues ahora regaño a la otra, que algo habrá hecho seguro. Que tú llevas tres días sin postre… pues que sean cuatro que tampoco pasa nada. Qué llevas media hora en el rincón de pensar… pues, hala, te mando a tu hermana para que penséis en compañía. Y así, repartiendo capones y privilegios como buenamente sé, se me pasan los días.

Pero eso no es todo, amigos, porque cuando termina la jornada, ahíta de lloros y división de atenciones, aparece la figura paterna con ojitos de “¿Y yo qué? ¿Es que para mí no hay ná?”  Y entonces una se crece, se arremolina el bajo de la falda a la cadera y le canta aquello de…

Ven tú a mis brazos, moreno bonito

que si algo aprendí siendo madre

es que el amor de una mujer

normalmente tiende a infinito.

Y luego, mientras te recolocas la falda y vuelves a prenderte el clavel del pelo te da por pensar ¿…y a mí quién me mima, copón?

 

 

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Miedos gordos por transfusión


Mi madre tenía un primo que de pequeño le dio una patada en la espinilla a otro primo y éste, el pateado, se murió. Nadie supo decirme jamás si la patada fue directamente la causante del óbito pero mi madre siempre estuvo convencida de ello, quizá porque en su día su madre, y a la sazón mi abuela, también lo creyó.

Así pues, en nuestras peleas infantiles mis hermanas y yo podíamos causarnos todo tipo de dolores perros, aceptando a tal efecto incluso pinzas de tortura medievales, todo excepto rozarnos mutuamente las espinillas, aunque fuese levemente con una pluma o con el suave dorso de las manos. ¿Si salíamos a montar en bici? Espinilleras. ¿Si íbamos a recoger moras? Espinilleras. ¿Y calabacines? Espinilleras también ¿Si asistíamos como invitados a una comunión y mi madre preveía que en el convite pudiera haber niños con zapatos gordos? Espinilleras. Y tal vez casco. Según qué casos.

Desde que soy madre noto que este miedo espinillero y otros del mismo pelo fueron en algún momento transfundidos directamente desde el cerebelo de mi madre al mío propio. Y con ellos lucho a gorrazos día sí y día no. Si me preguntan contesto ufana que los tengo controlados, condenados a yacer descolocados en el cajón donde guardo el pensamiento bobo, pero en el fondo sé que no es verdad. A veces veo impotente cómo abren la puertecita de la jaula y se sientan en mi hombro por grupos, con las piernicas colgando, dispuestos a hacer calceta y a cuchichear y malmeter junto a mi oído.

- El yogur ha caducado esta mañana ¿de verdad se lo vas a dar a la niña, mari?

- ¿Eso es una ventana? ¿Abierta?

- Antes de los dos años, no les des de gomas de borrar, que se las comen. Hala, a apechugar cada uno con sus errores ortográficos.

- Nada de cosas colgando del cuello, que se te pueden ahogar… – Pero si es una medalla de natación y la niña tiene ya dieciséis años (ésta soy yo hablando con ellos) – Nada es nada, ¿estás sorda?

¿Ven ustedes qué carácter? Suelen ser malencarados, autoritarios y soberbios, con ese tonito porculero y altivo que le da a uno sentirse amparado por la tradición. Como si nadie les pudiera toser, tan arrogantes y estirados, luciendo esa chapa de “incuestionable” prendida de la solapa. Arrg…

Hay días en que me peino de mujer independiente y los echo a guantás de mi lado, dispersando a los más resistentes con empujones y fuertes patadas en su culo de miedo gordo; pero hay otros en que me dejo llevar y asumo sin estudio previo que las medallas matan, la negra noche aúlla y la araña pica… sí, por ser tan capulla.

Además de ello, como soy persona lista y de rápido aprender, adquiero miedos de mis circundantes a poquito que ellos hagan por enseñarme. Así recientemente he aprendido que la carne picada que comes fuera de casa está hecha a base de picos de gallos muertos, que las gomas prietas de los calcetines de gimnasia provocan varices tempranas y que las salchichas tienen el diámetro exacto de la faringe de tu hijo, así que por si se atoran, nada de cortarlas en rodajas, mejor triángulos, o rombos, o poliedros de seis caras, pero nada de rodajas. Jamás.

Y por si fuera poco, amigos, como la mejor forma de dejar nuestra huella en el mundo es enriquecerlo y hacerlo crecer, aporto yo de mi cosecha propia más de uno y de dos miedos nuevos. Están perfectamente armados, son lógicos, sensatos y todos ellos conducen a la muerte segura de mi familia. Además son tan evidentes que aún a día de hoy me pregunto cómo es posible que nadie los detectara antes que yo. Ni una sola fisura capaz de desbaratar la teoría que los sustenta, oigan.

Pero no insistan, que no se los contaré jamás, ni muerta, no los vayan ustedes a interiorizar y perpetuemos por siempre jamás esta tiranía del miedo gordo y del entumecimiento por cagalís.

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Ventajas de trabajar desde casa

 

Si una mañana, mientras aporreas ensimismada las teclas del ordenador, caes en la cuenta de que con los pies no estás haciendo nada útil, siempre puedes dar de sí unos zapatos nuevos utilizando para ello el ancestral método de los calcetines gordos de lana… ¿Por qué no? nadie te ve ni te juzga, amiga…

Ahora bien, si durante tu encierro creativo el cartero llama a tu puerta y tú acudes rauda a su llamada, para firmar el recibí de cualquier multa con que el buen hombre decida obsequiarte, deberás tener cuidado con tu outfit porque a poco que sea el cartero teleindiscreto, corres el riesgo de convertirte en el hazmerreír de todo tu código postal.

Es más,  si durante el devenir natural de los acontecimientos, tu vecina glamourosa e impecable decide salir a una reunión mañanera y trata de darte conversación en el descansillo mientras mira incrédula tus calzaslargas, será mejor que te disculpes y cierres la puerta de golpe. En tu próxima conversación con ella siempre puedes confesar una grave enfermedad mental.

Para nota: Si en tu explicación del suceso olvidaste mencionar que además te estabas tiñendo el pelo y llevabas calzado un gorro de ducha trasparente que te apretaba las sienes y te echaba la cara patrás, cállate y no lo publiques jamás en tu blog. Por tu bien.

* Drama based on real events, manque me pese.

 

 

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No es país para niños

Los niños pequeños están bien, sí, ¿no? son cucos, proporcionaditos, simpaticotes, con esas barriguitas hinchadas y esos andares como de pingüino con miembros descompensados, sus bigotes con leche, su lengua de trapo; en definitiva oye, que molan, siempre y cuando, eso sí, no se los vea mucho en público ni hagan apariciones estelares en el siempre recto y apresurado universo adulto.

Entonces no, ya no molan.

La que suscribe y sus dos retoños bien educaos tuvieron a bien saltarse la norma hace unos días y colarse intrépidos en un concesionario de coches la mar de cool una calurosa mañana de verano. Estoy convencida de que si hubieran entrado por la puerta cinco suecas desnudas, dos de ellas a gatas, el grado de pasmo en el personal circundante no habría sido mayor. La gente nos seguía con miradas expectantes, como quien observa una bomba a punto de estallar sin lograr decidirse entre cortar el cablecito azul o taparse la cabeza, echar a correr y, oye, quesealoquediosquiera.

Quizá si el siempre excelso Sr. Perito hubiese acudido antes a la cita y no nos hubiera hecho esperar hora y media de vellón, dando forma con el culo a los sillones, mis amorosas criaturas no habrían tenido la oportunidad ni el descaro de romper el silencio imperante en aquella inmaculada sala de espera. Porque está claro que pegar, lo que se dice pegar, allí no pegábamos nada. Entre taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas Laniñas aparecieron en pantalón corto y chanclas, con un muñeco en los brazos cada una y unas ganas inmensas de descubrir algo, fuera lo que fuese.

Cuando el recepcionista me dijo que el perito no había llegado y debíamos esperar, lo hizo con una cara de pena bien ensayada, preguntándose si abandonar a su suerte en aquella jungla de cristal a una madre con dos hijas era ético o incluso constitucional.

- No se preocupe usted que estaremos bien – le dije sonriente y muy digna – hasta las 14h. no comen y supongo que saldremos antes de aquí.

No me contestó. Quizá no le hizo gracia. Instantes después entró en el despacho de un señor con cara de jefe para cuchichearle cómplice lo acontecido. El jefe nos miró con cara de pollo circunspecto y mis hijas le agradecieron la atención prestada con un par de vueltas estilo Bisbal. Al unísono. Imagino que tras esa escena, hordas de oficinistas taquicárdicos tratarían de localizar al excelso Sr. Perito con más ahínco que al chorrito claro de la eterna juventud.

Y mientras, nosotras esperábamos pacientes. La primera media hora conseguí tenerlas sentadas a mi vera prometiéndoles todo tipo de tesoros azucarados al llegar a casa. Cuando las promesas resultaron inútiles, saqué los gusanitos. Entonces el recepcionista volvió a panicar, supongo que ante la perspectiva de que los taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas tuvieran que enfrentarse a ese universo ignoto de ocio infantil que vive paralelo a su estrés.

Un señor de impoluto traje gris se acercó a Lamayor con paso lento y mirada de antropólogo en actitud de “Oh, mira, una niña”. Me pregunto cuánto tiempo haría que no veía un especímen de cerca. Con torpes movimientos intentó jugar con ella acercándole un par de posavasos y haciendo chasquidos con la lengua, como los que el resto de los mortales utilizamos para manifestar fastidio, pero con marcada finalidad de entretener. Desconcertada, Lamayor me miró para saber qué debía hacer pero no supe qué contestarle. Antes de que estallara el drama y alguna se levantara la camiseta para enseñar el ombligo, las llevé a dar una vuelta por las instalaciones y los empleados del concesionario cool volvieron a sentir cierta rigidez cervical. “Se mueven, Tango1”, oí que uno de ellos decía acercándose el reloj a la boca, mientras se tapaba con disimulo la oreja contraria “¿Hacia dónde?” contestó una voz entrecortada por el susto. “Las tengo a mis seis” susurró un señor bajito que nos observaba agazapado tras una papelera. “No las pierdas, Tango3”, zanjó el de la gabardina, que con este calor, ya me dirás tú qué necesidad había de disfrazarse…

Si llego a saber que todas las cámaras de seguridad del recinto iban a apuntar hacia nosotras habría ido algo más mona vestida, la verdad. Para subsanarlo saqué disimuladamente el colorete del bolso y me di algo de rubor en las mejillas. Nunca se sabe quién puede estar ahí fuera y una aún está en edad de ser descubierta para la gran pantalla.

Cuando el excelso Sr. Perito llegó y solucionamos en seis minutos treinta y dos segundos mi cambio a otra compañía de seguros, la paz volvió a reinar en Adultoland. Los camuflados se quitaron entonces los cascos y los pinganillos de transmisión entre vítores, aplausos y abrazos de emoción y los técnicos lanzaron sus gorrillas al aire como signo de manifiesta alegría. Pero no contaban con mi vis maligna. Antes de abandonar el concesionario cool señalé a Lapequeña un tremendo ficus de dos cuerpos que adornaba la entrada con los brazos en jarras como un matón de discoteca.

Está llena de tierra, cariño – le dije con gesto pícaro señalándole la maceta – y es toda tuya.

…¿Yo? Antes muerta que defraudar…

 

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Sacerdotisas de la diosa Ysi

Ysi de vacaciones en la playa

Cuentan la mitología romana, mi madre y la Wikipedia que la diosa Ysi era mitad mujer, mitad motocicleta, y que su poder divino y protección se extendían por todo viaje largo, mudanza y demás traslados interurbanos. Era representada icónicamente portando un gran maletón en el sidecar donde cabía desde una sortija de mercadillo hasta una Thermomix con su recipiente Varoma y docena y media de tomates pera. Junto a Necéser, formó la Diada Vacacionista, llegando a su máximo esplendor cuando los romanos ampliaron su vasto imperio y comenzaron a sentir la necesidad de turistear y salir por ahí de fin de semana; en ese momento Ysi se convirtió en la deidad más demandada del top ten de la lista. Su influencia llega hasta nuestros días, dotando a la madre moderna de un sustentáculo y un amparo dignos de las mejores estampitas y los más ajustados corsés.

Para comprobarlo no hay más que perseguir a una de ellas durante las veinticuatro horas que preceden a su traslado de vacaciones. Basta posarse sobre su hombro y observar sus oraciones, plegarias y pensamientos según va metiendo enseres del todo inútiles en los baúles. Una buena madre moderna, sumisa sacerdotisa de Ysi, siempre alzará una prenda por mano hasta colocarlas en línea con la horizontal de sus ojos y se preguntará…

¿Ysi llueve?

¿Ysi lo necesito durante el viaje?

¿Ysi un día quiero vestirme entera de naranja?

¿Ysi en la playa siento la irrefrenable necesidad de estrenar estas sandalias de hace tres temporadas a las que todavía no he quitado la etiqueta?

A medida que esta madre recorre habitaciones poseída por una furia desconocida que le hace guardar en las alforjas todo lo que encuentra a su paso, desde cojines a un paragüero, pasando por manteles de tergal, un diccionario indostánico, la colección de cine mudo y su vestido de boda, el decorado cambiará, pero no las preguntas…

¿Ysi allí no hay naranjas de zumo?

¿Ysi siento ganas de comer grosellas?

¿Ysi Lasniñas se me descoyuntan contra la arena y necesito unos guantes estériles, gasas, penicilina y una venda de suspensión cardiotorácica?

Durante horas y horas el volumen de cada maleta crecerá de tal manera que, ahíta de todo, alguna vomitará seguro. Después de que alguien se suba sobre cada una de ellas hasta conseguir cerrarlas, en un ejercicio de violencia y violación flagrante de derechos turísticos, contorsionando sus pobres cuerpos a la fuerza para que se adapten al contenido, seis grandes tótems esperarán por fin en la entrada y un silencio cobarde reinará en la casa hasta la mañana siguiente.

Cuando la figura masculina de la unidad familiar despierte y vea aquello que no quiso ver horas atrás, mirará incrédulo el espectáculo y alzará su ira a los cielos mientras busca consuelo en sus propios semidioses, los Queconios, unos seres ratoneros, renegríos y malencarados que gustan de poner trabas y dar el tostón a la voz de…

¿Queconio quieres que haga con tanta maleta y tan poco espacio en el maletero?

¿Queconio es eso que llevas ahí…un costurero? ¿en serio?

¿Queconio vas a hacer con un costurero en mitad de una playa con 40 grados de media?

Si la diosa Ysi te es propicia y finalmente necesitas algo de lo transportado durante tus vacaciones, eso te dará tres grados más en la carrera de madre perfecta y ya no habrá quien te tosa en el próximo traslado. Si como suele suceder, los dioses miran para otro lado, dejándonos con el culo al aire, y ese costurero con doble fondo y cajones aerodinámicos no termina de salir de la maleta en todo el verano, date por jodida, con perdón, porque nadie encontrará sentido a tu sacerdocio. ¡Queconio, ni siquiera tú!

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Maternidad mancomunada

Con la llegada del buen tiempo, la solanera y la manguita corta, la maternidad se despoja de las cuatro paredes que le acogotaron en invierno y sale lozana a la calle a enseñar muslo. Exuberante y pletórica ahora; harta de jugar a las casitas entre el sofá y la mesa de la tele, antes.

El verano abre para Lasmadres un universo tal de actividades y ejercicios varios que de sólo pensarlo da vértigo: piscinas, jardines, parques, copas de árboles, matorrales, céspedes, zarzales, areneros…todo ello aderezado con la actividad que más gustan de realizar los miniseres cuando llega el buen tiempo: correr.  Les abres la puerta de casa y ya los tienes corriendo como Forrest Gump sin mesura, orden ni concierto alguno, dando grititos en tono puerta que necesita aceite y moviendo locamente los brazos como si quisieran echar a volar. Tan pronto están a tu lado, como subidos al tejado del polígono más próximo, jugueteando alegremente con cascotes y hierros de color níspero.

Es por ello que en verano una madre necesita más ojos que de costumbre, unos seis u ocho más, a ser posible. Ojos que sean capaces de ver cómo Lamayor se mete en el agua gritando Jeronimooooo mientras Lapequeña hace entretenido acrosport  sobre el bordillo, poniendo en peligro tu sistema nervioso y sus recién estrenados dientes.

Y entonces, nos mancomunamos. No nos queda otra. Sabedoras de que no podemos con todo nos asociamos con otras madres del entorno para cuidar a la camada en plan comuna. Así, en dos días te ves regañando a niños que no son tuyos con la misma pasión y savoir faire con que regañas a los propios, hierática y acojonadora toda tú, sin que se te mueva ni una ceja. Sin despeinarte, vamos.

 

Que no te bañas más, tedicho…no te subas a la escalerilla, cámbiate el bañador que lo tienes mojado … Hala, tol día, a diestro y siniestro …¡Qué maravilla! ¡Cuánta capacidad para extendernos en regañinas y amonestaciones! ¡Cuánto castigo por aspersión! Fffffffffff haciendo el molinete ¿Tú entras en mi espacio visual? Pues castigado. Ea.

Pero, ojo, que en mitad de esta nueva tarea de omniregañadoras que nos hemos autoimpuesto podemos cometer la torpeza de extralimitarnos. ¿Que tu madre te ha dicho que no te bañas si no haces los deberes? Déjala que está indispuesta, no les ves la cara, anda a darte un baño que aprieta el calor y vas a congestionar. Y no hagas el perrito que te veo desde aquí, flexión extensión, acuérdate. Y respira, ufff, ufff.  Mientras, la madreverdadera te mira con cara de bandido caucásico desde la tumbona contigua, maldiciendo el mismo momento en que se hizo tu amiga y grabó tu nombre junto al suyo en aquel árbol del fondo.

Está claro que con esta técnica los críos se enriquecen que da gloria verlos al vivir en sus carnes una mayor socialización, aunque a veces no sepan a quién preguntar si deben esperar las dos horas de digestión, si a su madre de siempre, que en ese momento anda ofuscada regañando al niño del quinto, o a una señora con una gorra de una caja de ahorros que se empeña en ponerle las zapatillas a toda costa, atemorizada por nosequé pinchos.

Ahora bien, tengamos en cuenta que en mitad de este fragor controlador, en una maternidad mancomunada siempre hay límites que no se deben traspasar. A saber:

-        Nunca beses, regañes o soliviantes a maridos ajenos. Nada de llegar a la piscina y pedirle a Paco que te dé crema. La maternidad puede delegarse pero al cónyuge no se le presta ni para jugar al mus.

-        Nunca metas la mano en bolsa de playa ajena. Nada de ¿Te puedes creer que se me ha olvidado la fruta de media mañana? A ver, ¿tú qué traes? El chiringuito está cerca. Mancomunada sí, parasitaria no. Ojito con esto que una madre mata por alimentar a sus propias crías y con una sola bolsa de chespiritos no hay para todos.

-        Podéis intercambiaros hijos, no bikinis. Si no quieres que te dé una depresión al ver que su bikini no te entra, quédate con el tuyo, aunque sea un traje de baño de franela de seis piezas, con mangas a la altura del codo y zapatillas de lona a juego. Modernízate, maja, pero no a costa de las vecinas.

 

Si sigues estas breves directrices tu verano mancomunado dará frutos gordos y jugosos y no tendrás que cambiarte de urbanización. Aprovecha no obstante este frenesí educador, porque en dos días estará aquí de vuelta el invierno y tendremos que conformarnos con vivir sólo nuestra propia vida…

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Firma en la Feria del Libro de Madrid

…Que sí, que sí, mamá, que te juro que es verdad, que voy a firmar ejemplares del nuevo libro en la Feria del Libro de Madrid, la misma a la que nos llevabais de pequeñas todos los años a comprar libros de Mafalda y de Hanna-Barbera…. que anda que no tardé en saber que no eran una sola persona y mujer para más señas…Que no, que no me lo he inventado para librarme de la comida familiar del domingo, mamá, te lo juro. No, tampoco pienso perderme el cumpleaños de tu tío Paco, mamá, por favor, que eso es dentro de mes y medio… no empieces…

Pues sí, muy señores míos, allí estaré, nerviosica perdida, intentando acertar con el boli, sin dejar churretes de tinta por todos los lados, sin mancharme de azul la nariz y sin confundir el nombre de ustedes… aunque eso no puedo asegurarlo, porque el primer libro que dediqué a un extraño en mi vida él se llamaba José Ramón y yo empecé con un “Querido Juan Luis, dos puntos”, jardín del que difícilmente pude salir sin que el bueno de José Ramón pensara que me faltaba un ligero hervor. Hay que ver, qué pena, y que mi voto valga igual que el de los demás…

A lo que vamos…La cita es doble:

Sábado 9 de junio de 19 a 21h., en la caseta de Topbooks (Número 39)

Domingo 10, también de 19 a 21h., en la caseta de la librería Al-Hakam (Número 23)

La hora es estupendísima para tomarse después unos refrigerios en forma de cubo de cerveza y unas olivas; y estupendísima también para que no se me asen ustedes como pollos, que ese finde en Madrid se prevé solanera.

Por si no han tenido ocasión de echar un vistazo, el libro ha quedado así de bonito y pinturero…

Blog de Madre

Es curioso que si el primero me hizo ilusión por haberlo montado yo con estas manitas y mis abalorios, éste me ha desbordado de una emoción tal que paseo por la casa con un ejemplar bajo el brazo como si fuese un transistor. Porque no todos los días consigue una publicar bajo el sello Plaza&Janés … y hay que tocarlo mucho para creérselo…

La contraportada es igual de pinturera, con una foto molona de la familia al completo. Guapo Marido y guapas Lasniñas, ¿eh?

 

Y además con 75  ilustraciones del genial Ata Lassalle  que iluminan y dan esplendor a los 75 capítulos. ¿Cómo van ustedes a perdérselo?

Ahora bien, pensando en todo lo que está por venir, me da cierto temblor, no crean, este paso de madre anónima que escribe agazapada tras la pantalla de un ordenador comiendo pipas, a madre que firma libros amparada por una editorial grande y gorda. Miedo a fundir a negro y desmayarme en la primera entrevista, miedo a no estar a la altura ni aunque me calce los stilettos, miedo a que no vaya nadie a la firma y me quede solita como un pollo pelao hablando hasta las tantas con los barrenderos del recinto… en fin, miles de esos miedos que aparecen cuando menos se los necesita y es entonces cuando más por culo dan.

Pase lo que pase, sé que éste es exactamente el punto en el que quiero estar ahora mismo y que la experiencia, y sobre todo ver la cara de mis hijas cada vez que señalan el libro, habrá merecido con creces la pena … y los desmayos.

Si además de eso, ustedes me leen y les gusta, juro que no podré pedir más.

¡Nos vemos en el Retiro!

 

…. Apenas unos días después del evento les doy millones de gracias por las visitas, por los besos, por los achuchones y por los libros adquiridos :)  Fue un gusto vivirlo… y que ustedes lo vivieran conmigo!!!

evaquevedoferiadellibro

Firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid

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