Existe un algo muy molón en filosofía, una ley, un teorema, un queseyó, que se denomina Principio de Tercio Excluso según el cual entre dos proposiciones contradictorias, una tercera no tiene cabida, está excluida, fuera, no te queremos, anda y tira pa la calle. Por ejemplo, entre estas dos frases “El pájaro es verde” y “El pájaro no es verde”, una de las dos es cierta, te pongas tú como te pongas. No hay una tercera posibilidad.
Inventándome la mitad de las cosas que voy a decir a continuación, ello podría enunciarse en este universo nuestro del sinsabor maternal en algo así como “O te comes las lentejas o no te comes las lentejas”, pero no se admite nada intermedio. Es decir, no te voy a hacer unos espaguetis con tomate ni borracha perdida.
Quizá esto no fue contemplado como se merece por Aristóteles ni por la lógica escolástica medieval pero créanme que en mi día a día lo pongo en práctica más veces de las que quisiera.
Nosotros, que somos gente de bien, librepensadores y buenos padres, desde la cuna dimos a elegir a nuestras hijas entre varias opciones para así reforzar su personalidad y fomentar que fueran bebés más chupis. ¿Qué chupete quieres el rojo o el azul? ¿Te curo el ombligo ahora o ya si eso más tarde? ¿Qué teta, la izquierda o la derecha? Y como al principio no se decidían, nosotros elegíamos por ellas. Pero ojo, sólo como un bien en usufructo, hasta que ellas manejaran con destreza su propia capacidad de elección.
Con el paso del tiempo se han ido acostumbrando a que siempre haya dos o más opciones entre las que elegir, tanto que ahora lo exigen con un ímpetu que no se imaginan. ¿Hoy voy al colegio, al cine o a dónde?; Tengo gimnasia ¿me pongo las zapatillas, las botas de agua o los tacones de Minnie? ¿Pollo o tortilla o si no qué? Y así día y noche, sin descanso, ni tregua, ni bloques publicitarios. Tal es así que temo hayamos creado un par de monstruos multielectores que no se conforman nunca con nada y por ello me hacen perder los papeles todos los días dos veces.
Encomendándome no sé muy bien a quién, porque en esto de la maternidad no hay dios que te diga qué está bien y qué está mal, he decidido enunciar mi propio Principio de Medio Excluso, es decir, “Te comes las lentejas o te comes las lentejas”. Y ya. Ni medios, ni tercios. No hay más opción, no rebusques, no te líes. Esto es lo que vas a hacer, porque es lo mejor, porque lo digo yo que soy tu madre y lo sé todo y además estoy muy cansada para discutir más, copón.
De ahí mismo, del cansancio más absoluto viene esta tendencia mía a bloquear todo abanico de posibilidades de elección. Con ello he ganado algo de salud mental y me he evitado recurrir constantemente a la conocida fórmula del “Te cuento tres”, si bien he perdido a cambio dos o más puntos en mi carnet de madre jipi.
Quizá toda esta perorata no haya supuesto para ustedes más que dar vueltas al Axioma de Porquelodigoyó, sin apenas descubrir nada nuevo. Créanme que lo siento, pero hoy me he levantado muy lógica, muy escolástica y muy medieval y me apetecía divagar sobre ello. Otro día ya si eso les cuento cómo se cayó mi abuela al río y nos lo pasamos jamón.
Perdónenme ustedes las disculpas.
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