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Labuela

A lo largo de la historia, desde Caperucita a Iker Casillas, se ha demostrado con suficiente firmeza lo importante que es tener presente en la vida de uno a Labuela, ese ser amoroso que da besos en metralleta, lleva caramelos en el bolso y siempre huele a jabón.
En las familias normalmente hay dos ejemplares, por lo que este caudal de amor incondicional y permisividad total viene casi siempre por duplicado.

En realidad tienen tantas ganas de malcriar reservadas desde que sus niños eran pequeños y se veían obligadas a cumplir su función de educadoras firmes, que cuando su hijo o hija les obsequia con un nieto o nieta, se desatan el corsé y empiezan a regalar tolerancias por doquier.

Cuando llegas a su casa, le entregas una niña con coletas que se esconde tímidamente entre tus piernas y cuando te vas de allí, lo haces acompañada de una especie de Gormiti de la lava, tamaño infante, que grita y corre como un endemoniado, sucio, exhausto y despeinado, pero inmmmmensamente feliz.

Y no es para menos porque en casa de Labuela reina la libre expresión. Para empezar, no existen los cuadernos; se puede pintar en el suelo, en el techo o sobre el parquet. Eso va en gustos. Estoy convencida de que las famosas pinturas de Altamira no son más que el resultado de la visita de un retoño que desplegaba toda su sensibilidad artística cuando iba a Santander a pasar los veranos en la cueva de los abuelos. En un momento dado, Labuela tendría algo que hacer – despedazar algún animal o algo – y cuando quiso darse cuenta, zas, ya había cogido el niño los pigmentos minerales y el carbón vegetal. Lejos de castigarle, ella le dedicaría algún gesto de cariño a modo de mamporrazo en la cabeza con el as de bastos, acompañado de un gruñido grave y sonoro que traducido vendría a significar algo así como “Verás cuando vengan tus padres”. Pero poco más.

Del mismo modo que Labuela no conoce los cuadernos, desconoce las contraindicaciones alimenticias. Un niño en casa de Labuela come todo lo que se le antoje y cuando se le antoje. Y yastá!. Lo ingerido puede estar contemplado dentro de la pirámide del dietista perfecto …o no. Se puede comer a las dos…o no. Se puede merendar a las tres y luego a las cuatro y también a las cinco. Se puede comer chorizo con chocolate o pan mojado en coca cola. Se puede comer en la mesa, en la alfombra o de pie en la encimera de la cocina mientras se baila con la música de los anuncios de la tele y se chapotea en el agua del fregadero. Para un niño la casa de Labuela es como para un adulto trabajar en Google.

Y es que para Labuela, sus criaturitas jamás hacen nada mal y nada es suficiente con tal de verles sonreír. Recuerdo que en casa de mi propio ejemplar de Labuela había dos coches de época que vivían expectantes sobre una repisa en el salón y con los que mi padre jamás pudo jugar de niño porque eran reliquias antiquísimas y como tal debían ser tratadas. Yo bajaba al parque con esos dos coches en la mochila para triturarles los ejes contra la arena y después desencajar las ruedas para hacerme unos pendientes, todo ello ante la mirada embelesada de Labuela que sonreía ante mi desmesurado torrente creativo. Y si mi padre se quejaba por la injusticia, ella le mandaba callar y me defendía…como debe ser!

Y todo esto si hablamos de un niño sano… pero si el nieto enferma, a ojos de Labuela gana un montón de puntos extra, porque cuidarle le dará oportunidad de decir hasta la saciedad su frase favorita “…pero cómo van a dar asco, hooombre, si son mocos de ángel”… ¿Ven cuánto derroche de amor y cuánta distorsión de la realidad? Si en lugar de en las vías respiratorias el virus infantil se instala en la función estomacal, el apelativo “de ángel” podrá seguir siendo aplicado a toda sustancia que el mamífero convaleciente expulse de sí al exterior, sin importar textura, cuantía, ni olor. Infinito es el amor de Labuela.

Por todo ello y mucho más, Abuelas, un millón de gracias por existir. Sin vosotras, la infancia sería infinitamente más aburrida …y nadie nos vería guapos.

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Filed under Humor, Mujer, Ser madre

0 Responses to Labuela

  1. Afortunadamente mi madre no es así… creo que es más estricta que yo!!! Bendita sea la abuela!! (ya sé que la tuya también, que es coña ehhhh)

  2. Paz

    Mi marido tiene una frase para definir esto: “Cuando el peque eructa mi madre piensa que habla en inglés” (edad del bilingüe, 3 meses, precoz donde los haya).

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