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La eterna edad del pavo

Podría comenzar esta reflexión floja diciendo que recuerdo vívidamente mi edad del pavo, si no fuera porque sus efectos me duran a día de hoy. Aún sigo pensando que el mundo entero tiene algo en mi contra y de vez en cuando lloro por ello. También lloro por las injusticias, por la retención de líquidos y por la paz mundial. Vamos que llorar, lloro.

Algunas cosas en cambio las he ido superando con el paso del tiempo, como lo de poner posters de torsos masculinos en mi habitación. Quizá sea porque ahora el hombre al que más admiro es mi padre y colgar una foto suya tamaño XL sobre el cabecero de mi cama conyugal podría ser motivo de divorcio o de internamiento por orden judicial en un sanatorio de aguas termales.

También he superado esa etapa de amor idílico que aprendí primero de Ken y luego del Nuevo Vale. Historias de amores tórridos e imposibles donde el corazón se te despedazaba porque el verano en Guardamar tocaba a su fin y él debía volver a cursar BUP a su instituto de Castillar de las Cuestas. Podría decir que en algún momento aprendí que el amor no es perfecto y que ya no espero que lo sea. Podría decirlo pero no lo digo porque creo que en el fondo no lo creo. O sí lo creo. Y aquí lo dejo porque intuyo que me he hecho un lío.

Sí creo haber superado en cambio, a fuerza de voluntad y grandes palos, esa relación de dependencia con mis amigas. Ya no me preocupo tanto de lo que pensarán de mí o si dejarán de quererme por llevar unos zapatos horrendos, también es verdad que ahora les pido su opinión mandándoles una foto por whatsapp antes de comprarlos y eso, que quieras o que no, ayuda.

En cuanto a gustos musicales me veo un poco estancada, fíjense, a pesar de que en estos últimos años son múltiples los grupos con nombre de medicamento antitusivo que pueblan el panorama musical, yo sigo aferrada a la ilusión de subirme alguna vez a un escenario a cantar Rivers of Babylon de Boney M, pelucón y túnica blanca incluidos, con la coreografía aquella que hacía salir despedido cualquier reloj de pulsera por gordo y pesado que fuera.

Y es en días como hoy, sin ninguna razón aparente que lo motive,  cuando tiro de histórico, recapacito y pienso…Si aún no he conseguido hacerme fuerte frente a esa puñetera dualidad entre lo que soy y lo que los demás esperan de mí, si hay días en que no me encuentro y otros en los que ni siquiera me apetece buscarme, si me indigno, grito y pataleo, si canto en la ducha, si salto en los charcos, si a mis treintaytantos dudo a veces de haber encontrado mi lugar en el mundo… ¿cómo voy a enseñar a sobrevivir a mis dos pequeñas féminas cuando la adolescencia las posea por los pies y las deje patasarriba? ¿Quiere esto decir que tengo exactamente diez años para crecer si quiero hacerlo bien cuando llegue el momento?

 

Temo que dentro de unos años cuando confluyan en casa las tres adolescencias, las de nuestras hijas más la mía, Marido finja una muerte propia o ajena y corra a encerrarse en cualquier monasterio cisterciense que tenga a bien acogerle. Entonces – le digo así de sopetón – nos quedaremos las tres comiendo sandwiches de chorizo con chocolate y viendo “Los puentes de Madison” hasta que el llanto nos agote, nos destiña o nos vuelva del revés. Él lo niega todo con amor y me asegura que permanecerá a nuestro lado pase lo que pase, custodiando nuestro sueño, y la puerta de casa, para que no podamos salir a hacer daño a nadie…

 

 

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Ventajas de trabajar desde casa

 

Si una mañana, mientras aporreas ensimismada las teclas del ordenador, caes en la cuenta de que con los pies no estás haciendo nada útil, siempre puedes dar de sí unos zapatos nuevos utilizando para ello el ancestral método de los calcetines gordos de lana… ¿Por qué no? nadie te ve ni te juzga, amiga…

Ahora bien, si durante tu encierro creativo el cartero llama a tu puerta y tú acudes rauda a su llamada, para firmar el recibí de cualquier multa con que el buen hombre decida obsequiarte, deberás tener cuidado con tu outfit porque a poco que sea el cartero teleindiscreto, corres el riesgo de convertirte en el hazmerreír de todo tu código postal.

Es más,  si durante el devenir natural de los acontecimientos, tu vecina glamourosa e impecable decide salir a una reunión mañanera y trata de darte conversación en el descansillo mientras mira incrédula tus calzaslargas, será mejor que te disculpes y cierres la puerta de golpe. En tu próxima conversación con ella siempre puedes confesar una grave enfermedad mental.

Para nota: Si en tu explicación del suceso olvidaste mencionar que además te estabas tiñendo el pelo y llevabas calzado un gorro de ducha trasparente que te apretaba las sienes y te echaba la cara patrás, cállate y no lo publiques jamás en tu blog. Por tu bien.

* Drama based on real events, manque me pese.

 

 

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No es país para niños

Los niños pequeños están bien, sí, ¿no? son cucos, proporcionaditos, simpaticotes, con esas barriguitas hinchadas y esos andares como de pingüino con miembros descompensados, sus bigotes con leche, su lengua de trapo; en definitiva oye, que molan, siempre y cuando, eso sí, no se los vea mucho en público ni hagan apariciones estelares en el siempre recto y apresurado universo adulto.

Entonces no, ya no molan.

La que suscribe y sus dos retoños bien educaos tuvieron a bien saltarse la norma hace unos días y colarse intrépidos en un concesionario de coches la mar de cool una calurosa mañana de verano. Estoy convencida de que si hubieran entrado por la puerta cinco suecas desnudas, dos de ellas a gatas, el grado de pasmo en el personal circundante no habría sido mayor. La gente nos seguía con miradas expectantes, como quien observa una bomba a punto de estallar sin lograr decidirse entre cortar el cablecito azul o taparse la cabeza, echar a correr y, oye, quesealoquediosquiera.

Quizá si el siempre excelso Sr. Perito hubiese acudido antes a la cita y no nos hubiera hecho esperar hora y media de vellón, dando forma con el culo a los sillones, mis amorosas criaturas no habrían tenido la oportunidad ni el descaro de romper el silencio imperante en aquella inmaculada sala de espera. Porque está claro que pegar, lo que se dice pegar, allí no pegábamos nada. Entre taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas Laniñas aparecieron en pantalón corto y chanclas, con un muñeco en los brazos cada una y unas ganas inmensas de descubrir algo, fuera lo que fuese.

Cuando el recepcionista me dijo que el perito no había llegado y debíamos esperar, lo hizo con una cara de pena bien ensayada, preguntándose si abandonar a su suerte en aquella jungla de cristal a una madre con dos hijas era ético o incluso constitucional.

– No se preocupe usted que estaremos bien – le dije sonriente y muy digna – hasta las 14h. no comen y supongo que saldremos antes de aquí.

No me contestó. Quizá no le hizo gracia. Instantes después entró en el despacho de un señor con cara de jefe para cuchichearle cómplice lo acontecido. El jefe nos miró con cara de pollo circunspecto y mis hijas le agradecieron la atención prestada con un par de vueltas estilo Bisbal. Al unísono. Imagino que tras esa escena, hordas de oficinistas taquicárdicos tratarían de localizar al excelso Sr. Perito con más ahínco que al chorrito claro de la eterna juventud.

Y mientras, nosotras esperábamos pacientes. La primera media hora conseguí tenerlas sentadas a mi vera prometiéndoles todo tipo de tesoros azucarados al llegar a casa. Cuando las promesas resultaron inútiles, saqué los gusanitos. Entonces el recepcionista volvió a panicar, supongo que ante la perspectiva de que los taciturnos señores y señoras uniformados con trajes de dos piezas tuvieran que enfrentarse a ese universo ignoto de ocio infantil que vive paralelo a su estrés.

Un señor de impoluto traje gris se acercó a Lamayor con paso lento y mirada de antropólogo en actitud de “Oh, mira, una niña”. Me pregunto cuánto tiempo haría que no veía un especímen de cerca. Con torpes movimientos intentó jugar con ella acercándole un par de posavasos y haciendo chasquidos con la lengua, como los que el resto de los mortales utilizamos para manifestar fastidio, pero con marcada finalidad de entretener. Desconcertada, Lamayor me miró para saber qué debía hacer pero no supe qué contestarle. Antes de que estallara el drama y alguna se levantara la camiseta para enseñar el ombligo, las llevé a dar una vuelta por las instalaciones y los empleados del concesionario cool volvieron a sentir cierta rigidez cervical. “Se mueven, Tango1”, oí que uno de ellos decía acercándose el reloj a la boca, mientras se tapaba con disimulo la oreja contraria “¿Hacia dónde?” contestó una voz entrecortada por el susto. “Las tengo a mis seis” susurró un señor bajito que nos observaba agazapado tras una papelera. “No las pierdas, Tango3”, zanjó el de la gabardina, que con este calor, ya me dirás tú qué necesidad había de disfrazarse…

Si llego a saber que todas las cámaras de seguridad del recinto iban a apuntar hacia nosotras habría ido algo más mona vestida, la verdad. Para subsanarlo saqué disimuladamente el colorete del bolso y me di algo de rubor en las mejillas. Nunca se sabe quién puede estar ahí fuera y una aún está en edad de ser descubierta para la gran pantalla.

Cuando el excelso Sr. Perito llegó y solucionamos en seis minutos treinta y dos segundos mi cambio a otra compañía de seguros, la paz volvió a reinar en Adultoland. Los camuflados se quitaron entonces los cascos y los pinganillos de transmisión entre vítores, aplausos y abrazos de emoción y los técnicos lanzaron sus gorrillas al aire como signo de manifiesta alegría. Pero no contaban con mi vis maligna. Antes de abandonar el concesionario cool señalé a Lapequeña un tremendo ficus de dos cuerpos que adornaba la entrada con los brazos en jarras como un matón de discoteca.

Está llena de tierra, cariño – le dije con gesto pícaro señalándole la maceta – y es toda tuya.

…¿Yo? Antes muerta que defraudar…

 

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Sacerdotisas de la diosa Ysi

Ysi de vacaciones en la playa

Cuentan la mitología romana, mi madre y la Wikipedia que la diosa Ysi era mitad mujer, mitad motocicleta, y que su poder divino y protección se extendían por todo viaje largo, mudanza y demás traslados interurbanos. Era representada icónicamente portando un gran maletón en el sidecar donde cabía desde una sortija de mercadillo hasta una Thermomix con su recipiente Varoma y docena y media de tomates pera. Junto a Necéser, formó la Diada Vacacionista, llegando a su máximo esplendor cuando los romanos ampliaron su vasto imperio y comenzaron a sentir la necesidad de turistear y salir por ahí de fin de semana; en ese momento Ysi se convirtió en la deidad más demandada del top ten de la lista. Su influencia llega hasta nuestros días, dotando a la madre moderna de un sustentáculo y un amparo dignos de las mejores estampitas y los más ajustados corsés.

Para comprobarlo no hay más que perseguir a una de ellas durante las veinticuatro horas que preceden a su traslado de vacaciones. Basta posarse sobre su hombro y observar sus oraciones, plegarias y pensamientos según va metiendo enseres del todo inútiles en los baúles. Una buena madre moderna, sumisa sacerdotisa de Ysi, siempre alzará una prenda por mano hasta colocarlas en línea con la horizontal de sus ojos y se preguntará…

¿Ysi llueve?

¿Ysi lo necesito durante el viaje?

¿Ysi un día quiero vestirme entera de naranja?

¿Ysi en la playa siento la irrefrenable necesidad de estrenar estas sandalias de hace tres temporadas a las que todavía no he quitado la etiqueta?

A medida que esta madre recorre habitaciones poseída por una furia desconocida que le hace guardar en las alforjas todo lo que encuentra a su paso, desde cojines a un paragüero, pasando por manteles de tergal, un diccionario indostánico, la colección de cine mudo y su vestido de boda, el decorado cambiará, pero no las preguntas…

¿Ysi allí no hay naranjas de zumo?

¿Ysi siento ganas de comer grosellas?

¿Ysi Lasniñas se me descoyuntan contra la arena y necesito unos guantes estériles, gasas, penicilina y una venda de suspensión cardiotorácica?

Durante horas y horas el volumen de cada maleta crecerá de tal manera que, ahíta de todo, alguna vomitará seguro. Después de que alguien se suba sobre cada una de ellas hasta conseguir cerrarlas, en un ejercicio de violencia y violación flagrante de derechos turísticos, contorsionando sus pobres cuerpos a la fuerza para que se adapten al contenido, seis grandes tótems esperarán por fin en la entrada y un silencio cobarde reinará en la casa hasta la mañana siguiente.

Cuando la figura masculina de la unidad familiar despierte y vea aquello que no quiso ver horas atrás, mirará incrédulo el espectáculo y alzará su ira a los cielos mientras busca consuelo en sus propios semidioses, los Queconios, unos seres ratoneros, renegríos y malencarados que gustan de poner trabas y dar el tostón a la voz de…

¿Queconio quieres que haga con tanta maleta y tan poco espacio en el maletero?

¿Queconio es eso que llevas ahí…un costurero? ¿en serio?

¿Queconio vas a hacer con un costurero en mitad de una playa con 40 grados de media?

Si la diosa Ysi te es propicia y finalmente necesitas algo de lo transportado durante tus vacaciones, eso te dará tres grados más en la carrera de madre perfecta y ya no habrá quien te tosa en el próximo traslado. Si como suele suceder, los dioses miran para otro lado, dejándonos con el culo al aire, y ese costurero con doble fondo y cajones aerodinámicos no termina de salir de la maleta en todo el verano, date por jodida, con perdón, porque nadie encontrará sentido a tu sacerdocio. ¡Queconio, ni siquiera tú!

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Maternidad mancomunada

Con la llegada del buen tiempo, la solanera y la manguita corta, la maternidad se despoja de las cuatro paredes que le acogotaron en invierno y sale lozana a la calle a enseñar muslo. Exuberante y pletórica ahora; harta de jugar a las casitas entre el sofá y la mesa de la tele, antes.

El verano abre para Lasmadres un universo tal de actividades y ejercicios varios que de sólo pensarlo da vértigo: piscinas, jardines, parques, copas de árboles, matorrales, céspedes, zarzales, areneros…todo ello aderezado con la actividad que más gustan de realizar los miniseres cuando llega el buen tiempo: correr.  Les abres la puerta de casa y ya los tienes corriendo como Forrest Gump sin mesura, orden ni concierto alguno, dando grititos en tono puerta que necesita aceite y moviendo locamente los brazos como si quisieran echar a volar. Tan pronto están a tu lado, como subidos al tejado del polígono más próximo, jugueteando alegremente con cascotes y hierros de color níspero.

Es por ello que en verano una madre necesita más ojos que de costumbre, unos seis u ocho más, a ser posible. Ojos que sean capaces de ver cómo Lamayor se mete en el agua gritando Jeronimooooo mientras Lapequeña hace entretenido acrosport  sobre el bordillo, poniendo en peligro tu sistema nervioso y sus recién estrenados dientes.

Y entonces, nos mancomunamos. No nos queda otra. Sabedoras de que no podemos con todo nos asociamos con otras madres del entorno para cuidar a la camada en plan comuna. Así, en dos días te ves regañando a niños que no son tuyos con la misma pasión y savoir faire con que regañas a los propios, hierática y acojonadora toda tú, sin que se te mueva ni una ceja. Sin despeinarte, vamos.

 

Que no te bañas más, tedicho…no te subas a la escalerilla, cámbiate el bañador que lo tienes mojado … Hala, tol día, a diestro y siniestro …¡Qué maravilla! ¡Cuánta capacidad para extendernos en regañinas y amonestaciones! ¡Cuánto castigo por aspersión! Fffffffffff haciendo el molinete ¿Tú entras en mi espacio visual? Pues castigado. Ea.

Pero, ojo, que en mitad de esta nueva tarea de omniregañadoras que nos hemos autoimpuesto podemos cometer la torpeza de extralimitarnos. ¿Que tu madre te ha dicho que no te bañas si no haces los deberes? Déjala que está indispuesta, no les ves la cara, anda a darte un baño que aprieta el calor y vas a congestionar. Y no hagas el perrito que te veo desde aquí, flexión extensión, acuérdate. Y respira, ufff, ufff.  Mientras, la madreverdadera te mira con cara de bandido caucásico desde la tumbona contigua, maldiciendo el mismo momento en que se hizo tu amiga y grabó tu nombre junto al suyo en aquel árbol del fondo.

Está claro que con esta técnica los críos se enriquecen que da gloria verlos al vivir en sus carnes una mayor socialización, aunque a veces no sepan a quién preguntar si deben esperar las dos horas de digestión, si a su madre de siempre, que en ese momento anda ofuscada regañando al niño del quinto, o a una señora con una gorra de una caja de ahorros que se empeña en ponerle las zapatillas a toda costa, atemorizada por nosequé pinchos.

Ahora bien, tengamos en cuenta que en mitad de este fragor controlador, en una maternidad mancomunada siempre hay límites que no se deben traspasar. A saber:

–        Nunca beses, regañes o soliviantes a maridos ajenos. Nada de llegar a la piscina y pedirle a Paco que te dé crema. La maternidad puede delegarse pero al cónyuge no se le presta ni para jugar al mus.

–        Nunca metas la mano en bolsa de playa ajena. Nada de ¿Te puedes creer que se me ha olvidado la fruta de media mañana? A ver, ¿tú qué traes? El chiringuito está cerca. Mancomunada sí, parasitaria no. Ojito con esto que una madre mata por alimentar a sus propias crías y con una sola bolsa de chespiritos no hay para todos.

–        Podéis intercambiaros hijos, no bikinis. Si no quieres que te dé una depresión al ver que su bikini no te entra, quédate con el tuyo, aunque sea un traje de baño de franela de seis piezas, con mangas a la altura del codo y zapatillas de lona a juego. Modernízate, maja, pero no a costa de las vecinas.

 

Si sigues estas breves directrices tu verano mancomunado dará frutos gordos y jugosos y no tendrás que cambiarte de urbanización. Aprovecha no obstante este frenesí educador, porque en dos días estará aquí de vuelta el invierno y tendremos que conformarnos con vivir sólo nuestra propia vida…

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Firma en la Feria del Libro de Madrid

…Que sí, que sí, mamá, que te juro que es verdad, que voy a firmar ejemplares del nuevo libro en la Feria del Libro de Madrid, la misma a la que nos llevabais de pequeñas todos los años a comprar libros de Mafalda y de Hanna-Barbera…. que anda que no tardé en saber que no eran una sola persona y mujer para más señas…Que no, que no me lo he inventado para librarme de la comida familiar del domingo, mamá, te lo juro. No, tampoco pienso perderme el cumpleaños de tu tío Paco, mamá, por favor, que eso es dentro de mes y medio… no empieces…

Pues sí, muy señores míos, allí estaré, nerviosica perdida, intentando acertar con el boli, sin dejar churretes de tinta por todos los lados, sin mancharme de azul la nariz y sin confundir el nombre de ustedes… aunque eso no puedo asegurarlo, porque el primer libro que dediqué a un extraño en mi vida él se llamaba José Ramón y yo empecé con un “Querido Juan Luis, dos puntos”, jardín del que difícilmente pude salir sin que el bueno de José Ramón pensara que me faltaba un ligero hervor. Hay que ver, qué pena, y que mi voto valga igual que el de los demás…

A lo que vamos…La cita es doble:

Sábado 9 de junio de 19 a 21h., en la caseta de Topbooks (Número 39)

Domingo 10, también de 19 a 21h., en la caseta de la librería Al-Hakam (Número 23)

La hora es estupendísima para tomarse después unos refrigerios en forma de cubo de cerveza y unas olivas; y estupendísima también para que no se me asen ustedes como pollos, que ese finde en Madrid se prevé solanera.

Por si no han tenido ocasión de echar un vistazo, el libro ha quedado así de bonito y pinturero…

Blog de Madre

Es curioso que si el primero me hizo ilusión por haberlo montado yo con estas manitas y mis abalorios, éste me ha desbordado de una emoción tal que paseo por la casa con un ejemplar bajo el brazo como si fuese un transistor. Porque no todos los días consigue una publicar bajo el sello Plaza&Janés … y hay que tocarlo mucho para creérselo…

La contraportada es igual de pinturera, con una foto molona de la familia al completo. Guapo Marido y guapas Lasniñas, ¿eh?

 

Y además con 75  ilustraciones del genial Ata Lassalle  que iluminan y dan esplendor a los 75 capítulos. ¿Cómo van ustedes a perdérselo?

Ahora bien, pensando en todo lo que está por venir, me da cierto temblor, no crean, este paso de madre anónima que escribe agazapada tras la pantalla de un ordenador comiendo pipas, a madre que firma libros amparada por una editorial grande y gorda. Miedo a fundir a negro y desmayarme en la primera entrevista, miedo a no estar a la altura ni aunque me calce los stilettos, miedo a que no vaya nadie a la firma y me quede solita como un pollo pelao hablando hasta las tantas con los barrenderos del recinto… en fin, miles de esos miedos que aparecen cuando menos se los necesita y es entonces cuando más por culo dan.

Pase lo que pase, sé que éste es exactamente el punto en el que quiero estar ahora mismo y que la experiencia, y sobre todo ver la cara de mis hijas cada vez que señalan el libro, habrá merecido con creces la pena … y los desmayos.

Si además de eso, ustedes me leen y les gusta, juro que no podré pedir más.

¡Nos vemos en el Retiro!

 

…. Apenas unos días después del evento les doy millones de gracias por las visitas, por los besos, por los achuchones y por los libros adquiridos 🙂  Fue un gusto vivirlo… y que ustedes lo vivieran conmigo!!!

evaquevedoferiadellibro

Firmando ejemplares en la Feria del Libro de Madrid

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Vuelve, Sole, vuelve…

Desde el mismo momento en que tu hijo/a viene al mundo, ya no estarás sola nunca más. Adiós a tu soledad. Au revoir. Bye. Ciao. Sayonara, baby. Y no es porque la criatura te haga compañía infinita y podáis charlar sobre Dickens hasta las tantas, que también, me refiero más bien a esa curiosa costumbre que tiene el mundo de dar palique a una madre como si la vieran desguarnecida y necesitada de afecto. Como un pollito mojado tras la tormenta. Calimero somos todas.

Si nunca te gustó estar sola, disfrutarás los momentos de melé social alrededor del niño con palmitas y chisporrotitos varios, pero si como yo eres de las que prefieren buscar esos breves instantes de silencio y calma existencial, en que tu mente sólo debe preocuparse por controlar esfínteres sin nada más alrededor que trastoque su tarea, lo llevas clarinete.

Porque en cuanto tienes un hijo te salen potenciales conversadores por todas partes y ninguno de ellos preguntará si estás dispuesta o no a entablar una conversación amistosa en plena calle, con el tapón ciudadano que eso acarrea a veces; se da por hecho que si paseas con un niño al lado, sentirás ganas de hablar de él y de comentar los diferentes aspectos de su dieta, su carácter y sus usos lúdicos.

No hay nada más que ver a esas pobres madres recientes que llegan a una cafetería intentando encontrar cocacola y paz espiritual y en cuanto se sientan, aparecen del mismo centro de la nada seis cabezas que gravitan alrededor de la suya, preguntándole si fue cesárea o parto vaginal, si le dio pecho o porrón o si no se ha planteado cambiar de crema antihemorroidal por ésa con aplicador mágico que ahora sale en la tele. Y ella que sólo salió de casa para ver si conseguía huir de la asistenta…

Si el objeto inspeccionado es un bebé seminconsciente, siempre hay vía de escape para la madre, que podrá fingir entrar en trance mientras golpea la mesa con la frente y balbucea palabras en cualquier lengua muerta que le venga a la cabeza. Así los espontáneos se irán a dar el tostón a otro lado. Lo peor es cuando el miniser empieza a relacionarse con su entorno y se hace el simpático, tirando pelotillas de papel a las calvas circundantes y haciendo pedorretas y cucamonas por doquier. Ahí la cosa se agrava una barbaridad, porque el potencial conversador se dará por aludido y ya no habrá quien lo pare. Bajo el lema “Tu hijo empezó primero” se te sentará a la mesa, compartirá tus azucarillos y a poco que te descuides, se te subirá en el asiento de atrás del coche para que le acerques a Leganés.

 

Maravillosa viñeta de Glòria Vives. Conócela en "Julia al día"

 

Si eres osada y te decides una tarde a visitar un parque lejano, con la única compañía de tu retoño recién nacido dormitando en el carrito, el resto de madres harán piña en torno a ti y te darán cariño, calor y vaho para que no te sientas sola.  Aunque no se lo pidas. Aunque prefirieras morir lapidada antes que hablar en círculo y por turnos sobre las bondades del perlé.  Es posible que no te entren a bocajarro, como si te estuvieran tratando de robar el bolso para luego salir escopetadas en una moto, pero se moverán despacio, pasito a pasito, acercando su bolso y los tratos del niño hasta el sitio en el que tú yaces ajena a todo. Y entonces iniciarán una conversación: Perdona, ¿esta pelota es tuya?  Zas. Lascagao. En esos momentos es muy importante controlar el contacto visual. Recuérdalo. Si tus ojos no entran en contacto con los suyos no habrá ningún tipo de conexión personal entre ambas y, a no ser que hayas topado con Lamás plasta del pueblo, aquella con más hambre de hablar que el que se perdió en la isla, entenderá que prefieres depilarte las ingles antes que saber de su vida, de la de su marido o del tiempo que se tarda en reciclar un cojín y trasmutarlo en felpudo.

Un inciso: hay una variante de esta situación que se da cuando la que está loca de verborrea es la madre solitaria y trata de conectar con todo bicho viviente que se encuentra a su paso, disfrazándose de columpio como Mortadelo para sorprender a las demás con tal de charlar con un adulto, pero ese es otro tema que merece estudio aparte. Las verborreicas se llamará. O algo.

En definitiva, amigas y amigos procreadores, si salen ustedes a la calle portando un bebé, recuerden siempre vitaminarse, supermineralizarse y sobre todo atusarse, nada de salir a la calle con migas de bollo en el bigote o esa famosa hondonada cóncava en el cardado de la coronilla, porque cualquier día les espera en el portal un conversador camuflado para lanzar su pregunta favorita … ¿Y qué tiempo tiene?…

 

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Bienvenido, Mr. Chándal

Tengo una amiga que un día me dijo después de una noche de algazara por ingesta de licores varios …“Apenas podía vestirme esta mañana, amiga. Ahora entiendo por qué todos los que tienen gusto por esto de la noche tienen un chándal en casa”. Y se quedó tan pichi. Hasta entonces no lo había deducido, pero investigué y comparé datos y de repente todas las pesquisas cuadraron.

Desde entonces realizo numerosos estudios sobre la tenencia y uso del chándal, su procedencia, razones que llevan a su adquisición y hasta he llegado a experimentarlo en carne propia porque no hay mejor manera de estudiar la realidad circundante que exponerte a las mismas condiciones que rigen la vida de los sujetos estudiados.

Y así me compré uno. Un chándal, digo. Gris clarito, con una sudadera con capucha y unas letras de extraña tipografía sobreimpresionadas en el pecho, como de estudiar en una universidad americana o algo. Durante los primeros meses me expuse a él de forma controlada, dos minutos el primer día, tres el segundo y así sucesivamente, hasta llegar a completar el tiempo que ocupa una mañana casi en su totalidad. Para salir a la calle solía quitármelo, que una cosa es una investigación rigurosa y otra muy distinta que me llamen para ir a Sálvame.

Los días álgidos del experimento tuvieron lugar durante las bajas maternales, época en que aún no sabes si eres una persona o un barril de sidra, con lo cual te vistes con lo primero que tienes a mano. Un albornoz, un delantal, una sotana… El uso del chándal durante esta época me devolvió algo de dignidad, quien lo hubiera dicho.

Cuando finalizó mi estudio de campo guardé el chándal en el armario y no volví a sacarlo hasta que no comencé con esta nueva labor de CM, abreviatura de Community Madre (dícese de quien trabaja desde casa, pero sin rulos puestos, mientras con una mano gestiona alguna red social y con la otra envuelve cocretas) Al principio, y supongo que por continuar con el ritmo al que estaba acostumbrada, me duchaba a las 7 de la mañana y me sentaba a las 7.30h vestida como para ir a una comunión. Con el tiempo me fui haciendo más perezosa y dejé de ir a la peluquería a hacerme la manicura francesa y/o incrustarme piedrecitas brillantes en las uñas de gel, más que nada porque ahora sólo me veo los dedos yo. Como mucho, el cartero. Y eso cuando le abro.

Y así volvió el chándal a mi vida. Cuando me di cuenta de que los pantalones pitillo me estrangulaban las arterias tras dos horas sin levantar el culo de la misma silla, decidí rescatarlo del armario, pedirle perdón por el destierro y volver a hacerme su amiga.

A pesar de estas buenas migas, convivo con el bochorno y lo disfrazo de bien vestir a la mínima que tengo ocasión, desmembrando las dos piezas en un alarde de creatividad de indumentaria: el pantalón + blusón ibicenco; la sudadera + leggins monocromo. Con cholas en verano y calcetín de cuello vuelto en invierno. Todas estas combinaciones hacen que vaya vestida de mamarracha la mayor parte de mis días. Pero cómoda hasta decir basta, que de eso se trata al fin y al cabo.

Ahora que lo pienso, es posible que en estos días nuestra relación alcance cotas de amor inmenso porque tengo pensado, de momento sólo pensado, salir a correr algún que otro día a última hora de la tarde. He leído que es bueno que la sangre circule libre por todo el cuerpo, y no sólo hasta media pierna, así que estoy dispuesta a ejercitarme hasta la extenuación y en todos los foros desaconsejan para ello el uso del tacón o las sandalias de cuña. Quien sabe, amigos, si en realidad el hábito sí hace al monje y el uso del chándal no ha hecho florecer en mi interior un gusto desmesurado por el ejercicio físico y la oxigenación…
Y dicho esto me callo y me recojo sobre mí misma para poder oír con claridad las risotadas y ahogamientos por hilaridad que sufrirá todo aquel que me conoce… Y es muy humillante esta falta de credibilidad, que lo sepan.

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And the pisapapeles goes to…

Cada vez que le pregunto a mi madre ¿Mami, dónde están todos esos regalitos que yo te hice durante años por el Día de la madre?, inmediatamente ella pone cara de haber sufrido un esguince cervical, acelera el paso y finge que hay fuego en el descansillo. Quizá los profanos puedan interpretar que mi madre es una bandida y que no apreciaba en nada la pretecnología de su hija, pero conociendo los antecedentes, es decir, tres hijas educadas en colegio de monjas siendo ésta que suscribe la última de ellas, comprenderán que el espacio en los cajones de casa era prieto más que reducido.

En mis años mozos y de loca escolarización recuerdo haber hecho pajareras con palillos mondadientes, cuadros tipo collage con macarrones y otros carbohibratos, “tú-y-yos” en tela panamá con casitas bordadas, “tú-y-yos” en tela panamá con flores bordadas, “tú-y-yos” en tela panamá con aberronchos bordados, piedras decoradas con témperas, cajas de galletas forradas de fieltro e incrustaciones de coloridas pelotillas, pisapapeles de arcilla con la forma de mi mano, huevos duros de colores pintados con ojos, boca y pelo de lana, tampones para estampar cincelados en una patata…y un sin fin de locuras más. Dudo que haya sido niña durante tantísimos años como para haber fabricado con mis propias manos tal cantidad de presentes.

Hoy entiendo la emoción que mi madre debía sentir cada vez que yo llegaba con un ejemplar de aquellos a casa, pequeños tesoros que te gustaría congelar en el tiempo para poder volver a verlos dentro de treinta años, cuando la niña que los ha hecho peine ya canas para su desgracia y el tiempo te devuelva así… ay, por dios creo que voy a llorar… Pero también entiendo que pasada la emoción y el subyugo inicial, la buena mujer se preguntara ¿Y qué leches hago yo ahora con esssto….?

Como tengo una madre lista cual ratón, durante un tiempo prudencial mantenía el objeto en cuestión a la vista para reforzar mi autoestima y fomentar que me sintiera orgullosa de mí misma y de mi propia capacidad artística. Para ello exponía el regalo durante una semana, o quizá más, en la estantería del salón, asegurándose de que la balda estuviera a la altura de mis manos para que pudiera alcanzarlo, tocarlo, experimentarlo y, si había suerte, romperlo. Si quedaba inservible de todas todas, lo tiraba a la basura con gesto apesadumbrado; y si simplemente se desmembraba, al menos ya había más facilidad para dividirlo por grupos en los cajones o esconderlo bajo la alfombra propiciando que alguien lo pisara sin querer al pasar. Y con las mismas, se hiciera astillas. Mi madre es la reina de la obsolescencia programada.

A medida que pasó el tiempo y me fui haciendo mayor, mis regalos fueron subiendo peldaño a peldaño en la dura y competitiva pirámide del estilosismo maternal. El ascenso dependía en todo momento de las monedas que consiguiera pescar cuando mi padre se quedaba dormido en el sofá. En cuanto el hombre recobraba la verticalidad, yo me levantaba como un resorte para explorar bajo los cojines y aspirar como un oso hormiguero cualquier duro alocado que hubiera escapado de su pantalón. Con las manos llenas corría entonces a comprar alguna de aquellas estatuillas tipo Oscar de Hollywood, pero en material de corchopán, con la inscripción “A la mejor mamá”, perfecto regalo comodín donde los haya pero si es en pequeñas cantidades, ojo, porque en mi casa logró superar en número a los famosos Guerreros de terracota de la dinastía Qin Shi. Mi madre habilitó una habitación sólo para ellos y les ponía nuestra ropa cuando ya no nos servía, no les digo más. Qué tonta, al final les cogía un cariño…

Cuando no tenía dinero ni ninguna idea chula e intuía vagamente que volver a comprar el mismo regalo supondría que mi madre ejercitara el ‘tiro de Oscar a cabeza de hija’,  simplemente lo reconocía. Entonces mi madre me miraba amorosa y me decía “si yo no necesito nada, mi amor, con teneros me basta”. Sé que lo decía sinceramente y con la esperanza de que me agarrara a su cuerpo y me frotara como una manopla, con el gustico que eso da… Si yo te entiendo, madre – pienso ahora – que el amor sacia una barbaridad, pero oye, que si además de eso te premian el esfuerzo realizado con unas buenas gafas de sol o un BonoSpa de cinco tickets, pues bienvenido sea, que menos hace al año Luis Miguel y al final con la tontería siempre le cae un EMI.

Personalmente debo admitir que en los últimos años he disfrutado en carne propia de los mejores obsequios que una madre pueda imaginar: un imán de nevera con su carita y la inscripción “Te quiero mucho, mamá” y un pisapapeles de arcilla con la forma de su mano y la inscripción “Te quiero mucho, mamá”. Está claro que los tiempos cambian pero los regalos para madres seguirán conservando sine die la misma materia prima de base. No sé qué tendrá la arcilla, qué tendrá la arcilla, oye.

Sólo quedan dos semanas para el evento y apenas puedo resistir ya la curiosidad de saber qué tendré de regalo este año. Y eso que por primera vez puntúo doble, porque con las dos escolarizadas ya en infantil y guardería, no me gana nadie a hijas hacendosas y handmakers. ¡Hú-Há!

La semana pasada Lamayor me avanzó, “¿Sabes qué, mama? Te estoy haciendo una bolsa para el día de la madre, como regalo, pero no te puedo decir qué es.”  Ganas me dieron de preguntar ¿acaso no es una bolsa, cariño?  pero inmediatamente puse cara de haber sufrido un esguince cervical, aceleré el paso y fingí que había fuego en el descansillo. Sea lo que sea, gritaré e hiperventilaré cuando lo vea, estoy segura. Luego lo mantendré en el salón un tiempo prudencial hasta que la divina providencia haga con él y con su futuro lo que buenamente juzgue oportuno. Pero antes le haré una foto, eso sí, que ya saben ustedes de esta querencia mía a las instantáneas. Y cantidad de ellas acumularé y acumularé, hasta que me llegue el día de recibir mi más que merecido Oscar.

En paralelo, pediré también las gafas de sol, que una no sabe quien puede estar oyéndole ahí fuera…

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Lamadre oronda

El engorde postvacacional es algo inherente al ser humano, no lo niego, ese rezongar desidioso durante días sobre el cojín hace que vuelvas a casa con varios (cientos) de (miles) de kilos de más. Pero en el caso de Lasmadres, la cosa alcanza tintes de drama griego.

Les contaré una historia.
Hace 5 años yo pesaba 55 kilos. Palabrita. Más mona iba yo con cualquier cosita que me echaba encima… ¡hasta en bata se apreciaba mi salvaje donosura! Los motivos de la esbeltez eran, a mi entender, básicamente dos: a) el estado de mis nervios y b) mi escaso aprecio por el dulce. Sobre lo primero no tengo que decir más ná porque ya me venía de serie y bastante gasto me ocasiona en cuerdas cuando atarme a un poste es mi única opción para el relax. De lo segundo, en cambio, siempre presumí ufana: ‘Os juro, amigas, que no pruebo el dulce ni amenazada’ solía decir por los corrillos, mientras mis amigas planeaban la mejor forma de hacerme caer por las escaleras forzándome un traspiés.
Raras veces, normalmente tras meses y meses sin ingesta alguna de glucosa, me apetecía con desasosiego una palmera de chocolate y entonces atracaba una pastelería en chándal. Débil y con borrosa visión frontal por la falta de azúcar, me acercaba al mostrador y señalaba cualquier pastelillo con gesto tembloroso y las uñas negras. Después salía a la calle y me lo zampiñaba agazapada en cualquier portal.
Pero al embarazarme, todo cambió.
De un modo misterioso me empezó a apetecer dulce a todas horas del día. Recuerdo que Marido me hacía unas pintas de leche con colacao escandalosas que yo ingería de buena gana cada noche después de cenar. Y así hasta los 14 kilos de superhábit. Desde entonces, volver al peso prehijos siempre ha sido una quimera para mí. En alguna ocasión, qué sé yo, tras una gastroenteritis la mar de oportuna o algo así, he llegado a vislumbrar de nuevo el límite del vientre plano pero por norma general, la lorza que me circunvala tiene entidad y grosor suficiente como para que le expidan pasaporte propio.
Tras los embarazos, y una vez experimentada la hiperglucemia en carne propia, creo que mi cuerpo pide salsa con mayor frecuencia que antes. Jamás en la vida me había visto yo suspirando por el bote de regaliz rojo y hoy salivo de sólo escribirlo…

Y es que con hijos en casa lo de mantenerte en tu peso da risa grande y gorda si tenemos en cuenta que se esconden por los armarios los más malévolos festines calóricos. Chocolatinas, patatitas, phoskitos, bocabits … cualquier gadget infantil es bueno para aplacar este goloso fervor. Por no hablar de las bolsitas de chuches de los cumpleaños que tienes secuestradas en la cocina, que se las prohíbes con insistencia a tus hijos y siempre acabas por comértelas tú. Y a escondidas, maja, ques peor…
Tus hábitos alimenticios también cambian y eso en poco ayuda. Antes podías cenar sin remordimiento una barrita de cereales espachurrada y mantenerte a salvo hasta el nuevo sol y ahora organizas cada noche en casa un desfile de alimentos semejante a una fiesta vikinga. Carne asada, empanados, fritos, rehogados… nada es suficiente para un buen menú infantil. Primer plato, segundo plato y postre. Por norma. Y tú comiéndote todo lo que ellos dejan en el plato, por no tirarlo. Tras la cena aparece la culpabilidad y crece la lorza. Para aplacar las ganas de comer postre corres a lavarte los dientes como poseída por El Espíritu del Frescor Bucal, pero después de apenas cinco minutos saboreando el mentol, te das por entero al toblerone, si total, no se va a enterar nadie. Y vuelta a enjuagar.

En vacaciones las cosas empeoran una barbaridad. Con tanto trajín de entrada y salida de casa aterrizas en las cenas agotaíca y exprimiíca, sin apenas fuerzas para abrir la puerta del frigorífico y preparar viandas frescas. En ese momento decides poner en práctica aquel dicho de ‘Nunca es tarde si la pizza es buena’. Una llamada telefónica y treinta minutos después ya tienes en el salón calorías para toda la familia y para cualquier escuadrón de mossos que tenga a bien presentarte sus respetos a esas horas de la noche.
Pero, ojo, que a poco que te descuides la lorza crecerá tanto que en ocasiones parecerá que escondes un cinturón portaherramientas bajo el jersey. Si eres cuca conseguirás esconderlo con amplios blusones y jerséis XL, pero en la soledad de la ducha poca escapatoria hay, mari.
Personalmente, creo que en estas vacaciones me he extralimitado salvajemente. Después de 4 días en tierras catalanas, lloviendo a mares y probando con gozo e insistencia la nouvelle cuisine de Lahermanadenmedio, es posible que la DGT deba obligarme a señalizar la maniobra acústicamente cuando camino marcha atrás.
Por eso, a dios pongo por testiga que o me quito 4 kilos antes de que abran la piscina o me planto una túnica y me convierto al islam, pero no someto este cuerpo serrano mío al escarnio público ni borracha perdida.
He dicho.

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