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Canciones de amor tóxicas

En mi abnegada labor de madre omnipresente, omnipotente y súper pesada, llevo más de ocho años tratando de alejar a mis niñas de los más diversos peligros: escaleras empinadas, picos de mesas, enchufes oscuros, perros sarnosos, caries muy gordas, comida basura… Pero nada de lo que diga o haga podrá eliminar de su adolescencia programada la fatídica influencia de las canciones de amor, esos mejunjes de pena, depresión, lágrimas a chorrón y amenazas de desastres naturales que nos obnubilan a los quince años y no nos sueltan hasta los cincuenta. A algunos, ni eso.

…Algo falla en mi mente, 

simplemente no funciona, 

ni siquiera soy persona, 

cuando estoy sin ti…

(E. Ramazzotti)

 

Hoy, viejuna y resabiada ya, me pregunto qué necesidad habrá de reducir tu dignidad a escombros, de matar tu amor propio para conseguir el ajeno, de olvidarte de ti para poner tu felicidad en manos de otra persona, qué susto, con lo peligroso y poco libre que puede resultar eso…

 

…mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada,

porque sin ti no soy nada…

(Amaral)

Con quince años, aspirar al príncipe salvador o a la princesa etérea puede tener un pase, con esa cantidad ingente de hormonas circulando por el torrente sanguíneo raro sería que no fuera así. Pero a medida que pasa el tiempo y nos vamos desprendiendo de esa cáscara de inseguridades para centrarnos en lo rico que está el centro del huevo, cualquier tipo de amor que no parta de lo mucho que uno debe quererse a sí mismo, no debería valer. Sin narcisismos, ojo, por pura supervivencia. Me pongo la mascara de oxígeno antes de salvarte a ti. Me quiero mucho a mí mismo, para poder darte amor (del bueno) a ti.

 

Morir de amor por dentro, 

es quedarme sin tu luz, 

es perderte en un momento… 

¿Cómo puedo yo decirte que lo siento? 

Que tu ausencia es mi dolor, 

que yo sin tu amor me muero 

(M. Bosé)

Ellas, mis hijas, también morirán de amor, lo sé. Y ay de ellas si no lo hacen. Quisiera para ellas un amor sano, rollizo, fuera los enfermizos, uno que les haga crecer, que las quiera libres, que no impida, ni juzgue, ni vigile, ni acobarde. Uno que en vez de prometer la luna, pise y comparta tierra, que en vez de quererlas, las ame.

…Y cuando llegue el desamor, allí me tendrán para gritar penalti, para regarme el hombro, para enseñarlas a vivir. Para decirles que lo más valioso que tienen son ellas, que en el camino deberán desprenderse de personas, de canciones, de amores que ahogan, viajar ligeras, y hasta desprenderse de mí.

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