¿Estás preparada para el verano?

Les juro, amigos, que si vuelvo a ver esta pregunta en alguna revista de moda, programa de belleza o tortura estética similar, me tiraré al suelo, fingiré una ausencia y empezaré a trinar. ¿Qué si estoy preparada para el verano? ¡Qué carajo voy a estar preparada para el verano! Mi cuerpo no está preparado en absoluto para salir al exterior a lucir contorno, color y venas después de un invierno entero parapetado tras el jersey de lana y los pantalones de cuello vuelto. ¡Que no!

De las dos variantes a mi juicio más importantes a tener en cuenta antes de exponerse semidesnuda en público, véase perímetro industrial y epidermis grisácea, recuerdo que hace años sólo me importaba esta última, la más fácil, la que se solucionaba comprando autobronceador y luciendo por unos días las piernas y las palmas de las manos en bonito color calabaza. Por la otra ni me preocupaba, a sabiendas de que el cuerpo que una tiene a los veinte años no sobrevive pasada esa década. Se va, sin más, un día cumples treinta y uno, y plof, se te caen los codos.

Hoy, miles de preguntas revolotean a mi alrededor como presas de mi exceso de laca,  ¿Podré ir a la piscina con faja? ¿Habré de llevar revolver para justificar la tenencia de semejantes cartucheras? La arruga ya sé que no pero, ¿y la estría? ¿será bella?

Pegar

En un intento vano por sobrevivir, mi mente rescatará argumentos robados del zurrón de Punset del tipo “lo importante es estar viva, quererse, vivir de acuerdo a tu edad…”  Tontunas. Quiero tener las tetas viviendo en el ático, no en el parking y lucir cero grasa en el ombligo. Quiero salir del agua y danzar sensual hasta la orilla sin que me rocen los muslos y sin caer sobre la toalla como una elefanta rosa, sin resuello y sin posibilidad alguna de escapar sin ser vista. Y estoy en todo mi derecho a desearlo, a añorar el cuerpo perdido y a llorar por el cuerpo presente, a analizar una por una las huellas de cada embarazo y, después de todo ello, refunfuñar, ponerme verde y, si es menester, pum, explotar.

Sé que de esta lorza indecente tienen la culpa mi recién descubierto gusto por los bollos, los desmayos que me produce la práctica deportiva y el hecho de que desde mi más tierna infancia sea capaz de tumbar a cervezas a cualquier estibador ruso que se me acerque. Aun a sabiendas de las causas, me resulta más fácil culpar del destrozo a la maternidad, porque poner el foco en una deidad más grande que tú facilita siempre el salir airosa.

Por todo ello y mucho más este año estoy decidida a interponer entre la playa y yo una barrera, un parapeto, un neopreno, que es todo negro y estiliza. Quizá me cueza como un garbanzo pero será mejor para mi autoestima que mostrar mis carnes al sol.  Mientras me quedo sentada en la arena, más triste que una peli de Haneke, y pienso en la desgracia que resulta de mezclar estrógeno y sillonball, veré desfilar a mi lado cuerpos bronceados, imperfectos… y asquerosamente felices.

 

 

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Dramones

Dramones

Capítulo 3:

Desoyendo mi voz interna de madre abnegada, entregada y agotada, hace un par de semanas no llegué a casa a tiempo para acostar a Lasniñas, leerles el cuento y dejar sobre su frente un sonoro beso en metralleta, más ese baile absurdo que hago antes de apagar la luz. Tres días consecutivos. Coincidió un día de trabajo que se alargó más de lo normal, un día en que mis amigas y yo decidimos exaltar la amistad que nos une frente a un barril de Mahou y un tercer día que no recuerdo bien, normal si tenemos en cuenta el barril de Mahou del día anterior.

Al cuarto día me vi obligada a enfrentarme a una niñas despechadas que hicieron todo lo posible por devolverme la jugada. Tú no, quiero que me acueste papá, tú no, quiero que me vista Rita, tú no, quiero que me arrope Urdangarín.  En resumen, prefiero cien veces que me acaricie el pelo cualquier reponedora rubia del Mercadona antes de que lo hagas tú.

Dudé entre liarme a gorrazos y reclamar altiva mi papel o tirarme al suelo a llorar. Escogí esta segunda opción, escenificada de forma menos honrosa, si cabe. Al tercer o cuatro desprecio abandoné despacio la habitación pero me quedé agazapada en el pasillo esperando un grito tipo “Mamaaaa, no, no te vayas” Seguido de una disculpa verdadera tipo “Nos hemos comportado como unas desgraciadas pero nuestro amor hacia ti es infinito”. Pero eso nunca llegó. Es más, escondida tras la cortina alcancé a oír las tremendas risas que se echaban con quien me sustituía. Y no saben ustedes qué dolor. Continué esperando y esperando y de tanto esperar ellas se quedaron dormidas. Entonces me di cuenta de que ser madre es como caminar en la cuerda floja. Si lo haces bien, la vida sigue su curso, te desvías del camino un centímetro…

Y ¡zas!

Dramón.

 

Capítulo 2:

Una mañana de verano, cuando Lamayor tenía apenas dos años, veíamos juntas la tele cuando de repente apareció Mónica Belucci. Miniña, que siempre ha tenido muy buen gusto pero aún era joven para ver bien de lejos, exclamó ¡Es Mamá! Huy, qué calambrillo de felicidad me recorrió del menisco al codo, amigos. Ay, qué chispa tuve ya para pasar tol día.

Desde entonces, y hasta que tuvo edad para cuestionarse cuentos, cada vez que salía un pibón en la tele yo señalaba y decía, ¡Mira cariño, mamá en la tele!. Lo mismo me daba la Zeta Jones que Jennifer López que las trillizas de Julio Iglesias… Era ver una nalga prieta y adueñarme del personaje como una auténtica sinvergüenza.

Esto da muchas risas hasta que un día vas a recogerla al colegio y le oyes decir: “Mi mamá es aquella señora mayor del moño”. Caracoles. Qué bajón.

Entonces te das cuenta de que tus hijos son los únicos que te pegan los pies al suelo, que ya no tienes edad para que te guste Mario Casas y que por el devenir natural de los tiempos ya va siendo hora de que estrenes las enaguas.

Y ¡zas!

Dramón.

 

Capítulo 1:

Llegan Losabuelos de visita a casa. Todo es alegría y felicidad hasta que veo a Labuela portando una bolsa oculta tras la espalda. Lasniñas la miran, me miran, sé que la han visto, ellas saben que yo sé que la han visto…y se tiran en plancha a por ella. Al abrirla compruebo con estupor que hay dos libros de pegatinas diferentes y dos peonzas de diferente color…

El aire del salón se vuelve puré de patatas, el tiempo se detiene por un instante y nos pega un zapato al suelo, el otro gravita a media altura en un intento vano por echar a correr. Siento que algo me oprime el pecho y no me deja respirar, hasta que una de ellas extiende su mano y elige.

Y ¡zas!

Dramón.

 

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Rápida y mortal

Las mujeres solemos ser de naturaleza competitiva, pero de una competitividad aleatoria eso sí. Nos importa un pijo quién gane al parchís pero no soportamos ser las segundas en estrenar bolso.

Cuando llegan los hijos, el ring se agranda hasta espectros jamás vistos. A partir de entonces nos importará otro pijo quién gane al parchís o quién estrene bolso, pero mataremos por ser las primeras en lucir un hijo mellado.

Si cuando repartieron la rivalidad tú estabas conmigo en el bingo, tomando botellines, entenderás lo que ahora cuento…

¿Quién no ha estado en una merienda-cena donde el único tema de conversación eran los niños y sus deslumbrantes aptitudes o sus madres y sus agónicos partos?

- Tú no sabes lo que es parir, veinticinco horas estuve yo sin agua, sin mantas y sin televisión, dilatando en la cafetería del hospital.

- Lo mío fue peor, que parí en lo alto de una pala excavadora.

- Mi Pablo ya tiene seis dientes.

- Pero si sólo tiene seis semanas…

- Bueno, pues eso, seis semanas y seis dientes. A diente por semana. Ojo, más dos muelas. Y una de ellas, de oro.

En algunos momentos de la velada las miradas asesinas hacen fiu fiu, cruzando el aire como flechas sioux. Los comensales correrán despavoridos a esconderse en los soportales, los matojos rodantes esos de nombre disperso camparán a sus anchas por el salón y el humano más cercano al aparador saldrá escopetado a esconder la vajilla buena. Aunque tú estés en la ultima esquina de la habitación, ensimismada en tus padrastros, seguro que alguna te detectará y lanzará un par de balas que agujerearán tu sombrero de cogollo tipo llanero.

- ¿La tuya mayor cuando empezó a andar?

No haga caso, mari, es una pregunta trampa.

- En abril.

Nunca digas de qué año, así no podrá seguir dando por culo.

- ¿De qué año?

En fin, las hay persistentes.

En ese momento puedes levantarte, cogerla por la cintura y preguntarle decidida ¿Bailas, darling? La confusión te dará unos segundos para rescatar a tu familia y abandonar la casa, aunque sea la tuya. Si como yo eres de las que prefieren huir de toda confrontación que no implique sexo, política, religión o fútbol, lamento decirte que con la madre rápida y mortal, vas lista. Ella siempre gana, porque ella lo sabe todo.

rápida y mortal

 

 

 

 

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La lista y la tonta

Lo de tumbarme en la cama y desvelarme pensando en las mayores mamarrachadas empieza a ser una fea costumbre por mi parte. No suelo ser muy cinematográfica en estas situaciones, la verdad, lo mismo me da desvelarme mirando al techo, con la melena colocada en perfectas ondas sobre la almohada y un toque de gloss en los labios, que con el moño deshecho y esa cómoda postura fetal que deja ver una generosa nalga en pompa. La cuestión es perder el sueño, y ya puestos, idear multitud de listas absurdas que no llevan nunca a ningún lado, salvo a un descompensado estado de nervios por acumulación de urgencias.

Mis listas normalmente se dividen en tres:

a) Cosas importantísimas para la supervivencia de mi familia.

b) Cosas que, de no llegar a ser realizadas, afectarían gravemente a mi familia.

c) Cosas que mi familia necesita con cierta urgencia.

Cierto es que a veces me cuesta la misma vida decidir dónde demonios colocar cada tarea, es un punto éste que necesita franca mejora por mi parte.

Por lo demás, el mecanismo de enrosque es casi siempre el mismo. Mi cabeza sondea en modo radar cualquier situación, pasada presente o futura, que tenga la más mínima importancia, si no la tiene tampoco pasa nada, y se aferra a ella como lo haría un vampiro. La circunvala, la exprime y cuando por manoseada ya no me hace padecer, la aparta y a otra. Así, en una misma noche soy capaz de preocuparme por los peligros de la cocacola, por Mou, por Bárcenas, por el informe Falciani, por cuántos años viviré y por quién se ha terminado el queso de Burgos. Ok, quizá esto último no tenga cabida en ninguna de mis listas, pero siempre dejo un apartado reservado a d) Varios, por el tilín que me provoca improvisar.

He de reconocer que los enrosques que mayor placer me producen son aquellos en los que la prota soy yo, aquellos en los que el futuro de la humanidad depende por entero de mi persona y de los que se derivan consecuencias casi siempre desastrosas. No haber cerrado la puerta con llave, olvidarme de enviar a tiempo el artículo o de descongelar algún muslo de animal, no bajar las persianas, con el peligro que conlleva la eclosión matutina en los salones… esos son mis preferidos. Mientras pienso y repienso, mis extremidades se mueven a medio camino entre el Síndrome de Tourette y el break dance. Cuando después de varios intentos fallidos por mi parte consigo que Marido se despierte por casualidad, le susurro, Cariño, creo que es mejor pintar la habitación de Lasniñas en otoño, cuando volvamos de vacaciones. Mañana miraré casas en la playa. Y pintores. Pintores también.  Él abre un ojo, me mira, lo cierra y ronca. Todo junto. Lo normal dadas las horas que son. ¿Y si me doy mechas californianas?, insisto. Pero él ya no está.

Me pregunto en qué momento decidí escudriñar, analizar y preocuparme por absolutamente todo cuanto me rodea, es evidente que ha debido ser una decisión personal porque dudo que viniera así de serie. El ser humano no puede estar programado para preocuparse tanto, a todas horas y más con este énfasis y este drama que yo le pongo.

Daría dinero y algún órgano no vital por encontrar el botón de off, olvidarme de los “tengo que” y así poder entrar en un feliz estado de inconsciencia. Abrir la boca y que se me cayera la baba. Apagarme, finito, caput. Que el grifo gotea… Maravilloso. Que no hay pan… Morrocotudo. Yo no estoy, me he ido a bailar. Cualquier cosa antes que pasarte la vida de lista en lista, cuando en realidad serías mucho más feliz siendo tonta.

Más.

Aún.

Tonta

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Predicar con el ejemplo

Queridos todos, un consejete descafeinado, antes de castigar a un niño por algo que ha hecho mal debemos estar muy seguros de que nosotros no actuamos de la misma manera. Quiero decir, de nada sirve reprender a un niño que pega, dándole fuertes golpes en las manos, como tampoco reconduciremos su vocabulario gritándole “¡Que no digas más palabrotas, coño!”

Hace unos meses, la policía neoyorquina detuvo a un niño de siete años por, “presuntamente” haber robado 5 dólares a otro niño de su cole en el Bronx. Los agentes detuvieron al pequeño y le interrogaron en una sala de la comisaría durante horas, que dime tú a mí qué leches le podían preguntar a un niño aparte de ¿Has sido tú? ¿No? Mírate las uñas, si las tienes verdes ¡estás mintiendo!  Pero no, los buenos agentes, en su empeño por mantener alejados de las calles a delincuentes peligrosísimos, retuvieron al pequeño durante más de cinco horas hasta que llegaron su madre y su hermana a por él y se lo encontraron esposado a una barra y cagadito de miedo. Y esto lo hace la policía de Nueva York, ojo, estadísticamente una de las más corruptas y violentas de todo Estados Unidos.

 

intolerancia

 

Y yo me pregunto, ¿cómo educarán a sus hijos los cabecillas del caso Noos, los que dan y reciben sobres, los que otorgan ITVs, aeropuertos, urbanizaciones? ¿Tendrán el morro de levantar el dedo y pedirles que nunca cojan lo que no es suyo?. ¡Urdangarinito, que no te vuelva a ver yo robándole cromos a tu amigo…!

Personalmente también entono el mea culpa. Hace algunos meses llevé a Lamayor a cortar el pelo y le quité un año para beneficiarme del 40% de descuento del que disfrutan los menores de cuatro. Cuando ella me oyó, me susurró desde lo más profundo del mostrador… que no mama, ¡la semana pasada cumplí cinco! … Y lo repitió y repitió en un intento vano por que su madre recuperara la cordura. ¿Y cómo reaccioné yo? Agachándome y poniéndome un dedo sobre los labios, le pedí amorosamente que se callara, ¡por dios, que me iba a desestabilizar toda mi trama corrupta! Minuto y medio después me di cuenta de la barbaridad a la que había dado pie. Cuando tu madre, espejo en el que te miras, te pide que te calles y que no digas la verdad es que algo va francamente mal en el mundo.

Vivimos una época de mierda, es cierto, resultado de la picaresca y el estilo de vida mediterráneo del que nos hemos beneficiado durante muchísimos años y que de repente se vuelve feo cuando ya no hay de donde trincar. Quizá, y sólo quizá, debamos ser nosotros los que dejemos de empadronarnos en siete sitios diferentes para optar al mejor colegio o dejemos de pasar como gasto en la trimestral del IVA una cena de Navidad. Quizá haya llegado el momento de dejar de quejarnos y empezar a cambiar las cosas, desde el salón de casa. Entonces sí, orgullosos y repeinados, podremos darles a todos ¡zas! en toda la boca…

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La bruja del cuento

Siempre me he considerado una persona jocosa, la verdad, de risa fácil, chisposita, muy dada a la algarabía y al “saca un par de cañas que lo mejor está por llegar…” De pequeña mi madre me presentaba a las visitas retirándome el pelo de la cara y admirándose de lo bien que imitaba a Lina Morga. Si tras la actuación alguna generosa me daba dinero, yo corría a comprarme carmín.

Era ciertamente muy mía, impetuosa y un tanto disparatada. Nunca rocé la despreocupación absoluta, quizá más de diez años en un colegio de monjas me hicieran temer que el apocalipsis llegara en algún momento y a mí me pillara bañándome desnuda en el mar. Y aún así lo hacía. Qué coño.

Desconozco si el ir cumpliendo años o el ir pariendo hijas me ha hecho convertirme en un calefactor tipo seta, algo estático, recto, guardián del calor ajeno, de la virtud y de la buena educación. A excepción de la piel todo en mí se estira, se vuelve tirante, de una sobriedad casi rayana en el luto. Que soy un tostón, vamos, que Bernarda Alba a mi lado es un saco de la risa.

“Mamita” by Lapequeña

Si entro en una habitación aleonada, con disfraces chorreando por las camas, música alta y algún goterón de tinta rosa jugueteando con los cojines, instantáneamente se hace el silencio. Como cuando aquel sargento fibroso y pelón entraba por sorpresa en el barracón de los reclutas. Entonces me doy cuenta de cómo he cambiado, de cómo me he metido de lleno en mi nuevo papel de cortarrollos, Lamala, la bruja del cuento, la que siempre dice que no.

Quizá el hecho de regañar con frecuencia a gente más bajita que yo, que me mira desde abajo con cara de admiración y respeto, me ha hecho ir creciéndome en el papel. Supongo que el saberme necesaria, observada e imitada, me ha dado un poder del que antes carecía y desde que lo sé, aprovecho cualquier ocasión para demostrar que la que manda soy yo.

Pero el sábado pasado me lié la manta a la cabeza, dejé de leer prospectos e hice algo alocado. Durante una comida en su restaurante favorito, entre fritos incatalogables y otros fritos tipo pollo, me coloqué la capucha del abrigo sobre la cabeza y un par de patatas a modo de colmillos. Cerré mi actuación con un solo de garganta y otros ronquidos del todo inapropiados para alguien de mi edad, a medio camino entre una morsa y un zombie herido en el lomo. Al centrar de nuevo mis ojos bizcos y enfocar nuestra mesa, vi el terror más absoluto reflejado en sus caras. Lapequeña no sabía si reír o llorar, pensando que su madre estaba empezando a darse la vuelta, como los jerséis. Lamayor escondió la cara bajo los brazos y me susurró un piadoso… mamaaa que te ven…. Marido me quitó con amor la capucha y acarició mi cabeza como quien apacigua a una loca después de su tempestad.

Ok – dije resignada y hacia adentro – me ha quedado claro que mezclar autoridad y ridículo es como aquello del culo y las témporas.

A los pocos minutos se acercó el camarero con la carta de postres y con su llegada recuperé mi poderío ¿Podeemos? – dijo Lamayor… ¿Podeeemos? – dijo Lapequeña… ¿Podeeeemos? – dijo Marido….

Podéis – dije magnánima, mirándome el anillo, con el mentón apuntando al infinito y un considerable dolor cervical fruto de la pose.

Después, con todos absortos en sus respectivos postres, embadurnados de helado hasta las pestañas, giré armoniosa la cintura para que nadie me viera y me metí una patata en la nariz. Ay, ya saben ustedes cuán dura es la soledad de quien debe dar ejemplo…

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Elarmario de Lascascarrias IX

 

Reconozco que esta cascarria es una de las que más me han impresionado desde que nació el armario. Pasen, vean y sorpréndanse de cuán portentosa es la imaginación humana…

 

 

Elarmario de Lascascarrias. Haga clic en cualquier puerta, abra y deje su artefacto inservible.

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Lo que vale una mujer

Abro el periódico y leo con asombro una noticia: “El hijo de Kate Middleton y el Príncipe Guillermo será tratado de Alteza Real sea niño… o niña”. Y lo de “niña” se me antoja escrito así como con pesar.

La noticia tendría sentido si dijera algo como “El hijo de Kate Middleton y el Príncipe Guillermo será tratado de Alteza Real sea niño o una rueda de tractor” Entonces sí sería sorpresivo, oye, todo un notición.

Yo propongo otro titular: “El hijo de Kate Middleton y el Príncipe Guillermo será tratado de Alteza Real si es niño y si es niña la llamarán Susanita” así todos tendremos claro que ser mujer en determinados ámbitos no te da derecho siquiera a que te llamen de forma molona.

Pero no, sigo leyendo el cuerpo de texto y tras el susto inicial me entero de que, haciendo uso de sus poderes, que para eso es reina y lleva corona, miriñaque y varita mágica, Isabel II de Inglaterra ha invalidado un decreto de 1917 del rey Jorge V para que, a partir de ahora, “todos los hijos del hijo mayor del príncipe de Gales lleven, como sus padres, el tratamiento de “Alteza Real”. Supongo que con ello la reina se acerca de puntillas y todo lo que puede a la supresión de la preeminencia del varón en el orden de sucesión a la Corona. Preeminencia, por otro lado y a todas luces estúpida, pero al menos valiente porque se deja ver por escrito. En el resto de puestos plebeyos, panaderías y empresas tecnológicas, las ruedas de tractor siguen siendo minoría y ya ni siquiera les ceden el sitio ni les dejan llevar corona.

Porque el primogénito varón hereda siempre el ducado, las cabezas de ganado y el reloj del abuelo, mientras su hermana mayor borda en la mecedora. Cuando se case podrá escribir novelas que su marido publicará con su nombre y tener más hijos primogénitos aunque nazcan en sexto lugar.

Mientras tanto una mujer podrá ser castigada en un autobús de Nueva Deli o en un bungalow de Acapulco, castigada por algo que ella misma hizo, como estudiar medicina, o para castigar al que mira amordazado. Igual sirve para purgar culpas propias que ajenas. Podrá ser ninguneada, desacreditada y hasta quemada viva, si la orden de alejamiento lo permite.

Me encantaría abrir un día el periódico y leer con asombro otra noticia, alguna sobre la aprobación de un decreto oficial que le ponga precio a nuestra cabeza. Así sabremos cuánto valemos y al menos lo podremos defender.

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Vivir del cuento

Por la presente justifico que mi hija Eva Quevedo tiene calambres en la orejas y que por ello no podrá hacer gimnasia en los próximos quince años. Lástima, tampoco podrá hacer el examen del martes.

Firmado.

Su madre

 

Si llegan ustedes a preguntarme hace unos años habría jurado que éste sería el último justificante que iba a tener que hacer, pedir o falsificar durante el resto de mi vida; pero no, temo que mi destino sea otro.

Desde que hace unos meses, siendo yo mayor de edad y en plenas facultades mentales, decidí cambiar mi trabajo en una gran empresa por la loca idea de ganarme la vida escribiendo, tengo la sensación de que mi deber como ser humano y contribuyente es disculparme y justificar mi decisión todos los días dos veces. Un desasosiego, un azogue, un fuego interno me carcome la cara interna de los huesos cada vez que alguien comienza una frase con un “Ya, pero no es lo mismo, porque tú trabajas desde casa…”. Inmediatamente se activan todas y cada una de mis defensas y me encaramo rauda y palmípeda a la copa del árbol más próximo. Por si me muerden o me hacen daño. Y así, a la defensiva, vivo sin vivir en mí.

- ¿Sabes una cosa? – comento entre cuchicheos y secretitos a la primera cajera ignota que pillo en el supermercado -  Ayer me pagaron dos cheques y este mes he ingresado mucho más dinero que el anterior. Ella me agradece la sinceridad mientras pulsa el botón del pánico. Sé que me comprende y se congratula de mi éxito financiero, pero se autoprotege por si resulto ser una loca sonriente que planea su muerte y la del resto de reponedores.

- Aquí donde me ves acabo de salir de casa, ni diez minutos llevaré fuera – les digo a mis vecinos cuando me pillan cerrando furtivamente la puerta del portal a las doce de la mañana – Y sólo para comprar sobres y enviar la trimestral del IVA, juro que no pienso hacer nada que implique solaz o mínima diversión. No, no, no.

- Catorce horas en el ordenador – comento antes de dar siquiera los buenos días a esa amiga que me llama para pedirme el mail de otra. Ni una ni dos ¡catorce! Claro, así tengo el cuello, que un día me van a tener que operar, ya ni coger el ratón puedo de los calambres. ¿Y las piernas? Ni te cuento cómo tengo las piernas. Este año no voy a tener celulitis, ¡la celulitis me va a tener a mí! Ella, calla y asiente, y a la media hora ya ni recuerda por qué me llamaba ni por qué decidió un día ser mi amiga.

- Buenos días, carnet de conducir y permiso de circulación. – Tenga, agente, todo eso más justificante de estar al corriente de pago en el impuesto de actividades económicas y mi alta en autónomos, para que vea que pago mis impuestos y no soy una caradura, ni una caraculo ni nada. – Eso no viene al caso, señora. – Nunca se sabe, agente, nunca se sabe…

- Pero ¿no te has enterado? ¡Si lo han dicho todos los telediarios! – ¿Telediario? ¿Qué es eso? – ¿Estás tonta?, pues un programa de televisión. – Huy, yo de eso no veo, nunca, no, no, no (cabeza a la izquierda, cabeza a la derecha, a la izquierda, a la derecha…) La televisión en mi casa no se pone hasta las diez de la noche, y claro, nos pilla a todos ya acostados…

Justificándome, justificándome y nada más que justificándome… Y es que da igual lo descolocada, desaprovechada y triste que te sintieras en tu vida laboral anterior, tanto o menos que lo feliz, realizada y serena que te sientas ahora. Poco importa también si lo has hecho por ver crecer a tus hijas, por tu familia, por todos tus compañeros o por ti el primero. Si renuncias a un trabajo estable por una vida mejor te convertirás ipso facto en una advenediza que sólo quiere vivir del cuento.

Ay, amigos, y ojalá pudiera vivir siempre de él, del cuento; de idearlos, escribirlos, contarlos o susurrárselos al oído a todo aquel que me quiera escuchar…

 

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Teoría de la evolución

Reflexión floja de un jueves:

Sinceramente creo que la culpa de que queramos vivir en pareja la tiene esta absurda costumbre nuestra de andar sobre dos patas. Cuando todos éramos simios peludos y los cachorros viajaban en el lomo de sus madres, éstas tenían suficiente fuerza para hacer frente a los enemigos con una mano, recolectar frutos y leña con la otra y dar mamporrazos con las otras dos. Pero tuvimos que evolucionar y andar erguidos y la cosa se jorobó. Porque con un bebé en brazos, amiga, pocas manos te quedan para defenderte.

Y entonces decidimos aliarnos, a ser posible con un único macho para evitar peleas entre ellos y así poder delegar las tareas de caza y protección en el padre de tus minisimios.

Con el tiempo y la fuerza de la costumbre, las mujeres terminamos acostumbrándonos a enamorarnos perdidamente y a hacer de esta misión la idea central de nuestra vida. La edad media y el amor cortés vinieron después y nos convirtieron a todos en princesas o caballeros andantes, cada uno en la medida de sus posibilidades, ojo. Entonces ya se formó un lío muy gordo porque nos obligó a ir disfrazados todo el rato. Y los disfraces pican.

Hoy en día las cosas no han cambiado mucho, no vayan ustedes a creer. Seguimos buscando como locas a ese ÉL con mayúsculas con el que pagar la hipoteca de la cueva, alguien que nos acompañe, que sepa hacer fuego y oye, si además le gustan los amaneceres y sabe tocar el violín…

La cruda realidad no contada es que a pesar de siglos de historia, seguimos entrando cada día a la cueva solas, sin nadie que nos proteja y cargadas de hijos y piernas para cocinar… ¿Qué carajo de evolución es ésa?

 

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