Les juro, amigos, que si vuelvo a ver esta pregunta en alguna revista de moda, programa de belleza o tortura estética similar, me tiraré al suelo, fingiré una ausencia y empezaré a trinar. ¿Qué si estoy preparada para el verano? ¡Qué carajo voy a estar preparada para el verano! Mi cuerpo no está preparado en absoluto para salir al exterior a lucir contorno, color y venas después de un invierno entero parapetado tras el jersey de lana y los pantalones de cuello vuelto. ¡Que no!
De las dos variantes a mi juicio más importantes a tener en cuenta antes de exponerse semidesnuda en público, véase perímetro industrial y epidermis grisácea, recuerdo que hace años sólo me importaba esta última, la más fácil, la que se solucionaba comprando autobronceador y luciendo por unos días las piernas y las palmas de las manos en bonito color calabaza. Por la otra ni me preocupaba, a sabiendas de que el cuerpo que una tiene a los veinte años no sobrevive pasada esa década. Se va, sin más, un día cumples treinta y uno, y plof, se te caen los codos.
Hoy, miles de preguntas revolotean a mi alrededor como presas de mi exceso de laca, ¿Podré ir a la piscina con faja? ¿Habré de llevar revolver para justificar la tenencia de semejantes cartucheras? La arruga ya sé que no pero, ¿y la estría? ¿será bella?
En un intento vano por sobrevivir, mi mente rescatará argumentos robados del zurrón de Punset del tipo “lo importante es estar viva, quererse, vivir de acuerdo a tu edad…” Tontunas. Quiero tener las tetas viviendo en el ático, no en el parking y lucir cero grasa en el ombligo. Quiero salir del agua y danzar sensual hasta la orilla sin que me rocen los muslos y sin caer sobre la toalla como una elefanta rosa, sin resuello y sin posibilidad alguna de escapar sin ser vista. Y estoy en todo mi derecho a desearlo, a añorar el cuerpo perdido y a llorar por el cuerpo presente, a analizar una por una las huellas de cada embarazo y, después de todo ello, refunfuñar, ponerme verde y, si es menester, pum, explotar.
Sé que de esta lorza indecente tienen la culpa mi recién descubierto gusto por los bollos, los desmayos que me produce la práctica deportiva y el hecho de que desde mi más tierna infancia sea capaz de tumbar a cervezas a cualquier estibador ruso que se me acerque. Aun a sabiendas de las causas, me resulta más fácil culpar del destrozo a la maternidad, porque poner el foco en una deidad más grande que tú facilita siempre el salir airosa.
Por todo ello y mucho más este año estoy decidida a interponer entre la playa y yo una barrera, un parapeto, un neopreno, que es todo negro y estiliza. Quizá me cueza como un garbanzo pero será mejor para mi autoestima que mostrar mis carnes al sol. Mientras me quedo sentada en la arena, más triste que una peli de Haneke, y pienso en la desgracia que resulta de mezclar estrógeno y sillonball, veré desfilar a mi lado cuerpos bronceados, imperfectos… y asquerosamente felices.

















 17.00.32_20130522093949.png)