Soy buena madre, lo sé, lo soy. Que sí, que sí. Me preocupo por mi camada de forma casi compulsiva, me despierto por la noche si tosen y si no tosen, también, no se les vaya a ocurrir hacerlo y me pillen en pleno sopor. Si no tosen, también estoy facultada para matar monstruos nocturnos y hacer que nada perturbe la dulce cadencia de sus ronquidos. De día procuro que coman de manera equilibrada, las abrigo hasta que quedan bien rollizas, les camuflo los enchufes y los cuchillos jamoneros y las beso con insistencia agarrándome fuertemente a sus mofletes hasta que desesperadas me empujan para poder respirar. Sí, así soy yo. Toda dulzura, cuidados y dedicación.
Sin embargo hay veces, pequeños momentos de enajenación mental transitoria, en que me vuelvo tarumba y lanzo improperios sin mediar provocación previa. Momentos en que se me da la vuelta la cabeza y trasmuto en un arapahoe sin penacho de plumas, que corre semidesnuda por la casa, machete en mano, dispuesta a arrancar cabelleras.
Y entonces grito. Grito mucho. Hasta que me salen gallos, me duelen las amígdalas o me oyen todos los vecinos del barrio, lo que antes suceda.
Grito sin venir a cuento, grito desgarrada, grito, grito. Grito en casa, en la calle y en el centro comercial.
- Aaaaaaahhhh peroooo, qué es eso??? ¿Estáis locas? ¡¡Me vais a matar a disgustoooos!!!
- Pero si sólo son témperas, mami…
- ¿Témperas? ¿Témperas? ¿En el salón? Aaaaaaaahhhhh me vais a matar a disgusssstooos!!!
- Si nos las compraste tú ayer, mami…
- Pero no para que las utilizarais, insensatas!!!
Y así todo…
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